martes, 8 de noviembre de 2011

Historia. La Batalla de las Navas de Tolosa. (3)

Leña al moro que no es cristiano.
Al amanecer de aquel lunes, los dos ejércitos estaban frente a frente a una más que prudente distancia. Cómo era de esperar mirándose cómo se miran dos viejos adversaríos que sabian la gran cantidad de sangre que certificaría el choque. Por parte cristiana encontramos a don diego López de Haro que aún tenía presente el fiasco de Alarcos, del que era directo responsable y por lo mismo obligado a vencer o conservar el honor dejándose la vida en el empeño. Así se lo certificaría su hijo que le rogaría que recuperara la gloria perdida en Alarcos, cosa a la que el Señor de Vizcaya respondería con una mirada fulminante. Así le respondería que tranquilo chaval, te pueden llamar hijo de puta, porque tu madre lo es pero, ¿Hijo de Traidor? de eso nada de nada. Pues nada papí, don Lope aseguraría su fidelidad y le cubriria en la batalla, cuando quieras nos vamos a la escabechina.

Así las cosas, la caballería cristiana con toda la armadura en ristre, más pesada que una suegra y espoleada por almas que no sabrian si volverían a subirla cargó Mesa del Rey abajo al encuentro del musulmán. Debemos pensar en animales con armadura que tenían que correr no sólo con el peso del hierro y la tela que los cubría sino tambien con el caballero que los guiaba que asímismo iba de hierro hasta la coronilla. Además aquello no era precisamente una autopista. Era terreno lleno de broza, con todo tipo de arbustos y algún arbol que no saldría demasiado bien parado. Un barranco lo tajaba complementando los obstáculos a subsanar. Cómo era de esperar en el momento del choque los moritos, cómo si huyeran de la guardia civil se dispersaron por aqui y por allá sin dejar ni un sólo muerto en el choque, pretendiendo crear al ilusión de que huían y dejando pasar a los cristianos sin mayor dificultad en busca de la segunda línea  situada en la muchedumbre que ocupaba el altozano frontal y donde se siguió con la carga hasta llegar, casi sin dificultad, hasta el grueso del ejército almohade.


Los musulmanes que estaban en alto llevaban las de ganar. Los cristianos llegaban cansadetes tras soltar mandobles en falso a diestro y siniestro  y venían muy desorganizados, con lo que las dos primeras líneas habían cubierto de sobra su cometido, molestar. Las tropas que tenían los cristianos delante ahora no eran fanáticos ni carne de cañón sino la tropa profesional almohade propiamente dicha. Así, las tropas cristianos que habían cortado dos líneas cómo mantequilla se metían de golpe contra una pared de tropas que se venían sobre ellos rechazándolos y cargando cuesta abajo a voz en grito y haciendo sonar cómo posesos sus tambores. Los cristianos no tuvieron por menos que ceder terreno y aguantar marea mientras las tropas de los concejos comenzaba a fallar. Llegaban refuerzos desde la segunda línea de los cruzados pero nada, el empuje almohade era cómo una ladera que se venía encima y la desorganización provocada por la carga en las filas cristianas comenzaba a pasar factura en la vanguardia que no podría resistir por mucho tiempo los alfanjazos del ejército de Al-Nasir.


La estrategia musulmana daba sus frutos tocando las gónadas y de que modo, a las tropas curzadas. Desde la tercera línea, sita en la Mesa del Rey, Alfonso contemplaba cómo las banderas de sus tropas se iban acercando, en retirada entre la polvareda de aquel día de Julio. El rey que debía andar pensando que eso ya se lo esperaba le parecía que el pendón de don López de Haro era el que más corria, apreciándolo con disgusto y confesándoselo así al arzobispo de Toledo. Andrés roca, a la sazón ciudadano del concejo de Medina del Campo que tenía la oreja puesta más en lo que decía el Rey que en lo que sucedía en la polvareda del el frente le replicaría al monarca que don López de haro seguía dando mandoblazos a los moros mientras que los que huían eran los villanos de Madrid. Más tarde éstos le devolverían el favor de menospreciarlos ante el Rey asesinándolo, eso sí, con todo el cariño del mundo.


Don López de Haro con los suyos seguía batiéndose el cobre puñalada va, espadazo viene con los veteranos almohades que no le iban a la zaga. Las tropas cristianas estaban mejor acorazadas pero los musulmanes mejor situados. Una cosa por la otra y apoyados por su caballería ligera los almohades estaban poníendo la cosa, nunca mejor dicho, muy costa arriba para las dos líneas en contienda de la caballeria de Castilla. Esa pesadez los hacía además un blanco fácil, pues la incapacidad de maniobra que proporcionaba la pesada armadurade caballos y caballeros eran cómo una diana a dos metros para los expertos arqueros y honderos del Miramamolín. Mucha coraza y mucho mandoble pero aquellos se los iban a comer los moros por los píes así que Alfonso VIII tragó bilis y consideró que había llegado el momento de protagonizar la carga decisiva, o no, de la jornada.


Según las crónicas, de las que no te puedes fiar mucho pues ya sabemos que lso cronistas son pelotas y adornan en exceso el Rey miró al arzobispo de Toledo y le dijo que allí iban a cascar. De la cara que puso el prelado no dicen nada, pero seguramente estaba maldiciendo su estampa mientras la tercera línea cargaba cómo posesos sobre las amkorfas líneas de batalla del fondo. Entraban a saco con ellos las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra en un clamor único. El de Santiago y cierra España. (Esto último es mío).


Cargando por partida triple.


La estrategia cristiana había delimitado el papel que la tercera línea debía cumplir. No era otro que el de echar los restos y repartir tortas cómo panes. No se podía permitir verse frenada por los efectivos almohades. Había que penetrar las líneas y destrozarlas, anularlas y no permitir un contrataque pues que se sucediera era equivalente a dejar Alarcos cómo un juego de niños. Las dos primeras líneas estaban machacada y la tercera aportaba lo que quedaba, una responsabilidad en toda regla en que seguramente se jugaban que los musulmanes tiraran para el norte o que los cristianos los apretaran hacía el sur. Lo que si era cierto es que todo estaba sucediendo paso a paso y con planes cuidadosamente trabajados en los prolegómenos de la batalla. Nada de vamos para adelante y que sea lo que Dios quiera, no, todo planeado acorde a las normas de la Guerra de la época.


Los cruzados así jugaban una baza única, irreversible y de la que dependía toda la carne puesta en el asador. Mientras la caballería pesada cristiana se acercaba haciendo temblar el suelo los almohades anteponián la resistencia pasiva que imponían las fortificaciones instaladas en lo alto de la ladera. Éstas estaban hechas para resistir una carga cómo la que se acercaba en sustitución de la carencia en ese sentido que poseía el ejército musulmán. Los tres reyes enfilaron a sangre y fuego su objetivo apretando el culo a la silla y apretándose entre sí para no perder cohesión. Sólo con ese impetu ,mientras las otras dos líneas se deshacián a palos con los moros, pudieron arribar al palenque de Al-Nasir. A pesar de la gravedad y la importancia de aquel choque donde saltaría algo más que chispas, no se tienen demasiadas noticias, acaso porque no andaría la cosa para que el cronista fuera pluma, tintero y pergamino en mano mientras saltaban tripas de infiel aquí y allá. Si sabemos, por tradición más que por certeza, que Sancho el Fuerte fue el primero en romper la cadena de los fanáticos que constituían la primera línea de defensa del recinto. Haciendo memoria podremos ver esas cadenas componiendo en campo sanguíneo las armas del reino de Navarra, si bien hay muchas casas nobiliarías que las incorporan junto con palos ardiendo lo cual sería sintoma de que andarían dando tortas por la zona. Lo más certero sería pensar un acometimiento múltiple por varios lugares mientras los imesebelen se iban a ver a Alá con la mala cara que proporciona una herradura de córcel en toda la jeta.


Aquí, más que en términos de carnícería habría que hablar de casquería pura y dura. Entre que los que llegaban venían a degüello y los que estaban no se quedaban a la zaga, aquello fue para no contarlo. El choque extremo y el carácter sellante de la batalla, de creer que allí se jugaba el honor o la ruina bien de al-Andalus, bien de España, espolearia a unos y otros cuchilla iba, alfanje venía. Una carga de caballería pesada sobre un blanco inmóvil era imposible de contrarrestar. Más tarde, dos siglos después, el arco largo galés y las primeras armas de fuego la invalidarían cómo fuerza de choque, pero en aquella ocasión la caballería de la tercera línea había llegado a puerto y el buque amenazaba cón mandar el espigón a tomar viento. Allí, en aquella mínima loma, se juntaron caballos, jinetes, arqueros impedidos para tensar cuerda, honderos despéndolados y cadáveres cayendo aquí y allí. Lo más lógico era pensar que cada cual lo manaría todo al pairo e iría buscando desesperadamente la salida más rápida para huir de allí.


Alcanzándote.

Después del combate vendría el remate. La carga finalmente había sido un hecho y un éxito. El ejército almohade se había comido el marrón de la manera más indigna y los cristianos iban con ganas de marcha. Los cristianos se habían ido reagrupando en pequeñas compañias que iban dando caza a los que iban huyendo. No hubo piedad. Murieron tantos o más musulmanes alanceados en la huida que los que habrían dejado su vida en el combate. Cómo ya todo era cuesta abajo, unos huyeron hacía el sur y otros los persiguieron con más saña aún cruzando y pisoteando loq eu queaba de campamento. El objetivo de los machacados musulmanes era llegar al Vilches y meterse en el castillo con el objetivo de aguantar allí lo que fuera menestar. Eso los que no se les ocurría la brillante idea de subirse a las encinas donde eran un blanco fácil para las largas picas de los cristianos.


Para prevenir que en el fragor de la batalla las tropas se dedicaran al saqueo de los muertos o malheridos, se había prohibido a las mesnadas cristianas hacerlo, bajo pena de excomunión hasta culminar el destrozo musulmán. No era cosa de que a medio combatir, cada uno se tomara la cosa a cachondeo y dejara de luchar por quitarle al moro dos monedas de cuproníquel. Así se dió caña y palos a troche y moche y una vez culminada la empresa los cruzados se echaron sobre el superbien abastecido campamento almohade. Sin defensores, atestado de cadáveres y con muchísimos malheridos que los cristianos irian rematando se dedicaron a buscar metales preciosos,armas, bestias para incorporar a las yeguadas y sobre todo avituallamiento. Se dice que había tanto que, habiendo cogido cada cual lo que quiso, aún tuvieron que dejar muchísimo más por allí tirado. Cosa, que sin duda, parece ser una exageración de los cronistas. El Arzobispo primado de Toledo se dedicó, con su tropa de clérigos a entoner el TeDeum, dando gracias por haber masacrado a los árabes. Después de asegurada la posición y apresurándose antes de que el sol se recostara tras los altos riscos de Despeñaperros desmantelaron el campamento de la Mesa del Rey y lo trasladaron al ex-palenque de Al-Nasir dedicándose a posteriori a enterrar a sus muertos.


Enterraron los muertos de los cruzados, cómo es obvio. Los cuerpos de los sarracenos se los papearian después los animales de los contornos. Se cuenta que los cuerpos diseminados por el campo de batalla del bando musulmán serían unos cien mil mientras los muertos del bando cristiano serían unos treinta. Tal es la cuenta del cronista, excesivamente sobrepatriótico o muy fumado que además aseveraba que el pastor que indicó el paso para coger a los moros por sorpresa sería un angel o el mismo San Isidro. El que escribía la crónica querria darle un halo de milagro al asunto asegurando que despues de la batalla ni había manchas de sangre por el campo de batalla. Una serie de cosas que hoy no tenemos por menos que tratar de exageración y despropósito. en cuanto al pastor, se cuenta que si que era humano y atendía al nombre de Manuel Halaja.


Vamos que nos vamos.

Tras el batallón que había puesto en su sitio a los musulmanes y movido la frontera de la España cristiana más hacía el sur los cristianos pasaron dos noches y un día descansando. Encendieron fogatas que alimentaron con lanzas, arcos y flechas pillados a los musulmanes. Quemaron muchas pero más dejaron por allí tiradas. Tampoco es para tanto, no iban a hacer un lumbrón para cobijarse del frío en pleno mes de julio. Para cocinar, alumbrarse y poco más.

El miércoles 18 de julio, aniversario al revés de otras cosas que no vienen al caso los cristianos trincaron los bártulos y se fueron algo más al sur. Por lo visto los cadaveres de los musulmanes se podrían cómo el que más y el pestazo era muy superior al mal olor que ya de por sí desprendía la soldadesca y demás peña, pocos habituados al saneamiento corporal. En esas, algunas compañias hicieron algo de deporte tomando Baños de la Encina, Tolosa y Vilches, dedicándose al noble arte del degüello de moro sedentario de las fortalezas y a los escapados que en ellas se habían refugiado. Cosas así hacian que se corriera cómo la pólvora los desmanes de los cristianos para con los sarracenos. Tanto corrieron las noticias que, cuando llegaron a Baeza, el nido estaba vacio y los pocos ancianos e impedidos que quedaban, acogidos en la mezquita mayor ardieron cómo la brea.


Para no enfriarse siguieron su periplo por Úbeda, mejor defendida que Baeza pero hasta los topes de todos los que, desde Despeñaperros, venían huyendo de la marabunta de la cruz. Cómo llegaron al pie de la muralla en Domingo, los cruzados respetaron la fiesta y el lunes siguiente, veintitrés dieron caña por varios puntos de la muralla. Así los musulmanes vieronque tenían todo el pescado perdido. El Rey de Aragón minó y derribó una de las torres de la muralla y después todo fue una juerga. Los cristianos entraron a sangre y fuego y obligaron a los árabes a refugiarse en la ciudadela de la parte alta. Los sitiados que se veían comidos por lospies intentaron negociar un rescate para salir con bien de aquella. Se estableció la cifra por un millón de maravedíes en oro que los moros dijeron no poder satisfacer. Sin problemas, dijeron los cristianos que, tras ser sermoneados por los eclesiásticos que les recordaron que en cruzada no se debía ni podía negociar con infieles, pasaron a cuchillo a todo el que pillaron que no ostentara una cruz y la ciudad reducida a escombro. Aún así hiciero acopio de esclavos para no perder la jornada.


Finalmente los tres reyes se plantearon conquistar lo que quedaba hasta mandar al moro a Marruecos. Se veía la cosa fácil pero el hombre dispone... Una epidemia de disentería mando los planes a tomar viento. La soldadesca estaba extenuada, de batallar, tomar fortalezas y cortar cuellos. Tambien de saquear y darle a las moras lo suyo, quedando postrado el grueso del ejército por la enfermadad agravada por la falta de jabon y el calor al que no estaban acostumbrados. Se suspendería así una expedición que podría haber expulsado a los árabes casi trés siglos antes de lo que lo hicieron. Hicieron pues el petate, recogieron lo saqueado y cubiertos de una gloria que ya quedaría perpetuada para siempre retornaron a Castilla.


Por parte del castellano Alfonso VIII lo de Alarcos quedó sobradamente bien vengado y regresó a Toledo donde entró triunfal derramando bienes y promesas sobre los que habían contribuido a la empresa. Mientras, el rey de León que, traicionero y aprovechando que el castellano estaba dándole al moro había tomado algunas plazas se cagó encima cuando vió lo que se le venía encima. Pero Alfonso estaba con la buena cara y le perdonó otorgandole a Sancho el Fuerte, que tambien era enemigo y que sin embargo le había echado una mano en el asunto los castillos que deseaba en su frontera.


La Batalla de las Navas de Tolosa supuso alejar la frontera árabe más al sur y sentar una avanzada cristiana que los moros ya no podrían recuperar. Sería la puerta a las conquistas habidas en Andalucía a lo largo de todo el siglo XIII. El imperio almohade comenzaría así a desmembrarse no pudiendo soportar Al-Nasir tamaña vergüenza. Abdicaría en su hijo y cruzaría el estrecho metiéndose en su palacio de Marrakech para morir a los dos años de su derrota entre placeres, vino, mujeres y supuestamente envenenado. Alfonso VIII moriría a los dos meses. Pedro II de Aragón murió al año siguiente en la batalla de Muret contrarlos cruzados convocados por Inocencio III contra los herejes albigenses en auxilio de se cuñado Raimundo IV de Tolosa. Por contra Sancho el Fuerte disfrutaría de la gloria y las plazas tomadas a Alfonso veintidós años después de la batalla. Moriría en Tudela en mil doscientos treinta y cuatro, donde parece ser que murió de neurastenía, debudo a su obesidad.
 
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5 comentarios:

Zorrete dijo...

Buen relato, instructivo a la par que gracioso, lastima que al final la E-coli les tirara para el norte en lugar de hacia el sur.
Saluditos.

C S Peinado dijo...

Se irian por la pata abajo después de no ducharse en días, zumbarse todas las moras que pillaban y ponerse hasta el culo de todo lo que iban pillando.

Así se comprende que aún tardáramos doscientos cincuenta años más en hacerles cruzar a nado el estrecho que, por cierto, ya llevan cruzando en sentido inverso y para vengarse, desde hace unos años.

Memoria residual dijo...

Verdaderamente importantes los tres artículos. No es por dar coba, pero seguro que con este material si que se podría dar historia a los chavales y que la vean interesante.
Enhorabuena.

C S Peinado dijo...

Bueno, Memoria Residual no aspiro a mucho más, si algún joven o mayo encuentra interesante el texto y a través de él aprende algo creo que habré cubierto con mucho el expediente.

Espero que te hayan gustado los tres, en vreve ire soltando más.

Vicente dijo...

Fue la primera vez en siglos que los españoles hicimos algo conjunto: castellanos, aragoneses, navarros...hasta vinieron caballeros portugueses a guerrear contra el peligro norteafricano. El único ausente fue el rey de León, allá él y su conciencia. Como madrileño me gustaría señalar la aportación de la mesnada del Concejo de Madrid y la leyenda del pastor que guió a las huestes cristianas, que según algunos no era otro que una aparición de San Isidro.

Darle Caña a ésto: