Aunque el sábado pasado tuve un resfriado del quince, después de acercarnos a la población de Torres, de la que es oriaunda la familia paterna de mi esposa, no tuvimos por menos que ir a ver el gran nevazo (¡Viva!) que nos ha dejado esa puñetera ola de frío siberiano que nos ha barrido desde el jueves. Así, lo primero que pudimos ver y del cual nos embargaba un frío del carajo fue el pico Almadén, en el macizo de Mágina.
No deja de impresionar que a pesar de estar a unos cuatro grados bajo cero, en un lugar gélido y azotado por vientos más gélidos aún haya árboles que sin ser los típicos pinos o quejigos se habran paso a la vida. Eso sí, de maneras angustiosas que pretenden ser un reflejo de lo que cuesta sacar la hoja adelante con ese frío que nos azotaba a más de mil metros de altura.
En el lado opuesto al carril que desde la Fuenmayor conduce a Hondacabras bordeando la parte alta de la vega donde frutales y huertas comparten territorio con pinos y encinas pudimos ver el majestuoso Aznaitín, que rara vez se ve cubierto de nieve. Una sobervia visión de un cerro que, solitario juega con el claroscuro de las nubes bajo un cielo azul, frío y luminoso.
Al final conseguimos llegar a la Cascada del Zurreón, una cascada que en el estío se encuentra totalmente seca pero que desde el otoño a primavera se ve bendecida con el agua que, procedente del deshielo, baja desde los cerros de Mágina hasta el río Torres. En el invierno, su situación en umbría con bajísimas temperaturas se transforma en un templo repleto de estalactitas y chupones de hielo que cubren finos chorros de agua.
Bóvedad de hielo que dan cobertura y crean con su continuo goteo figuras alegóricas que con gran imaginación pueden ser cualquier cosa menos hielo inerte.
En fín un día frío que dió lugar a todo un compedio de fotografías que os expongo a vuestro juicio y que, si en verdad nos supuso pasar frío y ver cómo el catarro que ya teníamos se iba alegrando por momentos, supuso una experiencia inolvidable que deseo compartir con los que me visitais y que os muestro cómo esos páramos helados...
...Esas cumbres borrascosas, mágníficas e impresionantes...
... Esos árboles doblados por el peso de la nieve irredenta...
...Esas piedras eternas al lado del camino que se yerguen cómo vigías del caminante que desciende en busca del calor alejado de la cumbre...
... O la senda oculta que sólo se muestra rara vez y por casualidad para llevarnos, si decidimos cogerlas a otros lugares que Díos sepa que nos depararan.
Frío, nieve y muchos buenos paisajes en una pequeña excursión de poco más de dos kilómetros que nos dejó lo que podeís ver, nieve, días claros y nubes que vigilan el paso del caminante en busca de lo mejor, más gélido y sano.
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