Hoy he comenzado, cómo ya es tradicional en éstos lares, la recolección de ese fruto eneno, ovoide y negruzco que da el Olivo y que es la oliva, en pijo y la aceituna en bruto. Aceituna porque de ella se extrae el dorado zumo de aceite que, dicho sea de paso, ha ido ganando en calidad con el paso del tiempo mientras al mismo tiempo ha ido viendo cómo se deprecia el precio en favor de las grandes superficies. Así las cosas lo único en claro que hemos podido sacar de ésta situación es que, en verdad, lo único renteble que tiene éste monocultivo que lo mismo que ha elevado la renta per cápita de Jaén que la ha hundido en la peor de la miseria es que ganas dinero siempre y cuando vayas a jornal sin calentarte más la cabeza. Porque si tienes dos mil olivos pues aún puedes tirar de ellos para medio vivir. Ahora bien, cómo tengas una parcelita de doscientos, además de chuparte la sangre miserablemente en abonos, riegos y otras lindezas, te chupará la juventud y la vida sin devolverte más que quebraderos de cabeza.
Es así.
Lo es. Es algo incomprensible pero impulsa a una provincia que, a base de subvención de la Unión Europea dejó de plantar trigo, cebada, frutales por plantar olivos hasta en paredes imposibles de recolectar. Paredes que te obligan a dejarte el empeño en trepar agarrándote con una mano mientras con la otra le sueltas el varazo al ramón que, si encima es casturro, no suelta el fruto ni que llegue el Apocalipsis. Un gran esfuerzo que no se ve en gran medida recompensado porque al fin y al cabo si eres propietario no te van a pagar sino una nimiedad por el fruto de tu esfuerzo y si eres asalariado para eso estas machote, para dejarte la piel en el tajo. Así andan las cosas no sólo por el campo andaluz, sino por cualquiera de las facetas productivas que tengan lugar en la vetusta piel de toro que nos sirve de soporte y que no es otra que España. Hemos llegado a un punto en que, o te pasas de esfuerzo sin ganar lo que debieras o sin necesidad de doblarla en toda tu vida, lelgas a la cumbre desde la que mirar a los ignorantes pringadillos de los que te aprovechaste para llegar ahí.
Debe ser cosa del dolor intenso que proporciona todo un día subiendo y bajando valates con el objetivo de recoger esa pequeña maldición que dicen el base de la cultura (?) olivarera jiennense. De ésta tierra de paso que se llamó Xauen precisamente porque se hacía el intercambio de carruaje entre los correos que y venían por esa tierra llamada al-Andalus. Debe ser cosa de las preagujetas que se van creando en mis miembros maltratados por un sobreesfuerzo físico al que no está acostumbrados por la simple razón de que tirar de un lienzo o liarse a palos con un olivo que no suelta el fruto ni a tiros, pero me he puesto a reflexionar de cómo nuestra sociedad ha llegado a expulsar el esfuerzo de su forma de ser y ha convertido el ser funcionario en el culmén de su modus vivendi, en su cumbre laboral y en la única forma de ser alguien en ésta vida. En un país cómo el nuestro, con una burocracia extensa al servicio de una casta politicástrica que precisa de unos ciudadanos dóciles se ha sustituido el esfuerzo de emprender por todo lo contrario.
Trabajemos todos para el Estado.
La situación así, deriva en una ausencia de emprendedores en favor de unos desesperadísimos individuos que estudia para opositar a cualquier cosa que huela sueldo fijo y trabajo estable para el resto de sus días. El que lo logra no sirve más que para decirte que vuelvas al día siguiente y el que no pues emigra a otro país donde pone en marcha lo aprendido aquí. En un país donde para poner una empresa o bien eres amigo del hijo de Chaves o bien tienes mas fé que el Alcoyano, no puedes hacer otra cosa que tener fé en que podrás trapichear a tope o pegar un braguetazo a tutiplén, por que lo que es esforzarse por llevar el pan a tu caso, que dicho sea de paso es lo que se ha hecho tod la vida, está fuera de onda. Es mejor ser un Nini que ostia a sus padres si no le sueltan la mascletá o un cani que se gasta lo que no tiene en tunear el buga mientras se pone hasta el ojete de porretes y se gasta lo que no se gasta en el coche a punta pala de oros. Todo sea por, sin esfuerzo, ser felices consiguiéndolo todo sin doblar la espalda.
Por contra, los que nos levantamos todas las mañanas para ir al curro, sómos los pringadillos de la sociedad del pelotazo. No compensa tener que esforzarse mientras otros llegan a la cúspide robando, defraudando y haciendo los trapicheos más retorcidos. Eso es lo que caracteriza una sociedad putrefacta que ahora, inserta en una de las peores crisis de su historia, se debate entre recoger todo el escombro que hay en el paro y reciclarlo en cursos que antes, cuando no existia ésta catástrofe económica no hacía ni Dios. España ha pasado así de ser el país del trapicheo del glamour en el que se estafaban miles de millones de euros vía construcción y todo lo que a su alrededor se movía a ser el país del trapicheo del cutrismo y la supervivencia por la prestación, el subsidio y la visita, con los cuellos de la gabardina subidos para no ser reconocidos, a Cáritas. España ha pasado en definitiva a ocupar su lugar natural, el que tenía cómo país agrícola y subdesarrollado demostrando que, a pesar de tener esos grandes empresarios inmobiliarios que firman con dificultad, no ha cambiado nada, siendo el mismo cateto, pero vestido de Armani.
Concluyamos...
Así llegamos a la dolorosa conclusión de que nuestro país adolece de un espiritú emprendedor en masa, productivo y con aspiraciones de industrialización clara. No tenemos ese tirón que la Industria tiene en los países más desarrollados del mundo y simplemente nos movemos al ritmo que nos marcan los dueños del mundo porque somos capaces de ocupar el nicho entre el desarrollismo y el abismo de los paises de segunda. Sómos un país mediocre con una generación perdida que el día de mañana será un lastre que perpetuará nuestra permanencia en la federación de los cerdos (PIIGS), por ello hay que empezar a revalorizar el esfuerzo de levantarse, de menearse para avanzar aunque el ámbito en que lo hagamos sea verdaderamente hostil. Debemos empezar a cambiar la concepción de lo que es un triunfador. De inculcar ese concepto americano, por el cual el que vale pone una empresa y triunfa y el que no se hace funcionario. Eso es el gran sueño americano que se retroalimenta por aquellos que, huyendo de esa gran autocomplacencia que tenemos aquí, aspiran a algo más que ser meros mediocres en nuestra sociedad.
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