miércoles, 13 de marzo de 2013

Historia. Batalla del Cabo de Santa Maria de 1780 (2)

GRAN PLACA INSIGNIA DE LA ARMADA ESPAÑOLA. MARINA REAL. ESCUDO DE CARLOS III. ANCLAS Y CRUZ. ALGF (Militar - Insignias y Pins Españolas)
Foto de Internet.
Según órdenes dadas por el Almirantazgo, los mercantes de la flota británica tenían órdenes expresas de navegar lejos de las costas ibéricas. Cosa extraña pues, durante la práctica totalidad del siglo XVIII las incursiones británicas en costas gallegas y andaluzas había sido una constante que parecían haber conjurado, de manera milagrosa, las acciones de Córdova. Dicho lo cual, los buques de la Pérfida Albión navegarían fuera de las rutas comerciales habituales para evitar, a toda costa encuentros de calado con buques o patrullas españolas o francesas. Máxime cuando las acciones del español habían hecho que sólo se pudiera dotar a la escolta de un navío de línea y dos fragatas de la Royal Navy. No obstante, agentes secretos españoles destacados en Inglaterra, que por entonces componían el mejor, más extenso y adiestrado servicio de Inteligencia del Mundo, conseguieron averiguar el lugar, la fecha de partida y la composición del convoy agregando a ello la ruta a seguir hasta dividirse poniendo dicha información a matacaballo en manos del conde de Floridablanca.


Al Ataque. Con todo.

Eran tiempos felices para don Luis de Córdova que, en aquellos instantes ya había sido nombrado director general de la Armada Española y que, aún siendo el gran jefe de nuestra marina de guerra, no la gestionaba desde un despacho sino a bordo de un navío desde el cual se encontraba vigilando el acceso al estrecho de Gibraltar. El anciano, peroo sin embargo vital oficial se encontraba al mando de una flota de veintisiete navíos de línea y varias fragatas, conjurandose con ellos una escuadra francesa de nueve navíos y una fragat, componiendo un contingente suficiente para hacer frente a cualquier convoy que pretendiera entrar o salir del Peñón. Aún así, no toto eran parabienes en la combinada, estando los franceses algo moscas por el hecho de que fuera Córdova quien ostentara el mando. Aducian los gabachos que el español estaba viejo, contaba con setenta y trés años y que no tendría la suficiente capacidad de mando y estrategia en el combate.

No obstante, Floridablanca sabía de que era capaz el viejo león y sin dudar en absoluto de su valía pese a su avanzada edad, ciertamente chocante para un mando naval, había reiterado siempre y en especial en una carta enviada al conde de Aranda en mil setecientos setenta y nueve, certificaba que el viejo es más sufrido y alentado que los señoritos de Brest. Verdaderamente lo era, no encontrandose cuadros franceses o británicos en la Historia que lo superaran al mando de un buque de guerra. Aquel hecho, el del convoy británico supuso un revulsivo por cuanto, al recibirlo de manos de Floridablanca, con la certificación de los agentes españoles, hicieron que de inmediato se comenzara la organización de la expedición que tenía, cómo único objetivo y por encima de las diferencias en la combinada, la localización, acoso, abordaje y captura, en las mejores y más aprovechables condiciones del convoy inglés.

Buscando, buscando, voy encontrando.

Con premura y sin detenerse en veleidades, el anciano almirante dio orden de partida y la combinada dejó aguas del estrecho adentrándose en el Atlántico en busca del enemigo. Sin encomendarse a Dios ni al Diablo, Córdova preveía la zona en la que encontraría carnaza a la que hincar el diente en función de los datos comunicados por los agentes secretos en función de la fecha de partida desde las Islas Británicas, la composición del Convoy, la carga y la evolución meteorológica. Así, en un momento dado, envió fragatas de exploración que batieron numerosos cuadrantes en todo el Océano. Éste hecho daría sus frutos en la madrugada del nueve de agosto de mil setecientos ochenta, cuando una de las fragatas envió información al mando de la flota sobre un conjunto enorme de velas en al horizonte, unas sesenta leguas al oeste del cabo de San Vicente. Las noticias fueron recibidas con cautela a bordo del Santísima Trinidad, buque insignia de la flota en general y de Córdova en particular. 

Las dudas recaían en si la flota detectada era la escuadra del Canal de la Mancha, armado hasta los dientes o realmente el convoy de transporte que buscaban. Si era éste último podría ir fuertemente escoltado por lo que quizás la flota combinada no fuera suficiente para hacerles frente. Finalmente la lógica se impuso en voz del segundo de a bordo, don José de Mazarredo que abogó por un ataque inmediato y fulminante, basándose en que, navegando tan lejos de las costas de Portugal, tradicional aliado británico, no tenía lógica hacerlo sino iban precariamente escoltados. Aceptada dicha proposición, la combinada puso proa al Convoy enviando por delante las rápidas fragatas que abrieron camino a los potentes, aunque más lentos navíos de combate. No tardó demasiado el comandante inglés, John Montray en poner pies en polvorosa con los tres buques de escolta al ver lo que se le venía encima por la abrumadora superioridad franco.española. Los buques mercantes, viendo la escolta salir pitando comenzaron una desbandada en todas direcciones para evitar al enemigo.

Seleccionando la pieza. 

Viendo desde el Castillo de popa del Santísima que la presa cogía carretera y manta, dió Córdova la orden de Caza General dando orden de a discrección por la cual españoles y franceses comenzaron una laboriosa persecución en pos de los barcos británicos seleccionando, atacando y abordando presas según el criterio de cada comandante. En principio, todos los mercantes portaban armas y sus hombres estaban entrenados para el combate, pero enfrentarse a un navío de línea era simplemente un suicidio, por lo que la oposición era mínima al ser alcanzados arriando la bandera sin mediar intercambio de disparos. A pesar de la desbandada inicial, el hábil maniobrar de la combinada permitió llevar a cabo la caza hasta bien entrada la madrugada, consiguiendo el apresamiento de cincuenta y dos de los cincuenta y cinco barcos que inicialmente componían el cortejo naval. las fragatas continuaron buscando los barcos huidos, pero con la amanecida retornaron al orden de combate dandose por finalizada la batalla.

El valor de lo aprehendido superó con creces lo inicialmente previsto dejando muy tocada a Inglaterra a la vez que muy rabiosa, provocando que en el Reino Unido se comenzara a pensar en el plan B, la masonería, para desgastar a España desde dentro viendo que la opción militar quedaba, simplemente, fuera de su alcance y certificando, en todo, la superioridad naval del enemigo. Se aprehendió en suma cincuenta y dos buques de transporte que atesoraban ochenta mil mosquetes para suministro de las colonias americanas e hindúes. Tres mil barriles de pólvora y una ingente cantidad de provisiones, respuestos y efectos navales para suministro de las flotas de los dos frentes de batalla británicos. También se encontraron vestuario y equipación para doce regimientos de infantería y lo más importante, un millón de libras en lingotes y monedas de oro destinadas al pago de soldadas y suministro. Añadidos a las seisicientas mil libras en que se valoraron los barcos y sus bienes sin el oro no cuesta entender la dentellada a Inglaterra. Así mismo se hicieron tres mil prisioneros, de los cuales mil cuatro cientos eran soldados y oficiales que pasaban cómo refuerzo de ultramar.

Bibliografía.

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4 comentarios:

Romero Landa dijo...

Para que se vea que no siempre los british luchaban y vencían. También tienen otra clase de episodios en los que salen con el rabo entre las piernas por mucho que se empeñen en mostrarnos una Royal Navy impecable.

José Luis Valladares Fernández dijo...

Es que de aquella, todavía pintabamos algo en el concierto internacional. No es como hoy, que no nos tiene nadie en cuenta

C S Peinado dijo...

Romero Landa, hoy en día hace más fuerza Holliwood que los libros de Historia. Por desgracia ésta gesta, o cualquier otra de nuestra gloriosa historia naval no la veremos en el cine español porque cuando los saques de la guerra civil ya no conocen nada más de Historia.

C S Peinado dijo...

José Luis, por entonces estábamos ya plenamente metidos en la decadencia pero a cambio teníamos los mejores buques y cuadros de mando, no tan politizados cómo los de hoy en día.

Darle Caña a ésto: