No todo en América fue un paseo militar. Más bien casi nada lo fue y la verdad, cada conquista, cada paso dado por los conquistadores en nombre de España se hizo a costa de sangre, sudor y lágrimas. Así se le podría preguntar a
Hernán Cortés si siguiera vivo y por tal particular lo que sucedió en la llamada
"Noche Triste" en la que hubo de salir por patas de
Tenochtitlán porque nos comían sin solución de continuidad. Todo venía de haber apiolado a
Moctezuma y los mexicas, que no sabían del fino humor hispano andaban con las lanzas en ristre ostigando a las huestes del extremeño. Tanto que, durante la última semana, los españoles se iban pelando la breva a torta limpia desde el palacio de
Axayacalt. Cómo en toda buena gesta en la que intervenga españoles, la situación era desesperada. Sin alimentos, sin pólvora, con un enemigo que superaba ampliamente en número y con enfermos y heridos que hacían insoportable mantener la posición.
Vamos que nos vamos.
Es por ello que Cortés decidió poner tierra de por medio en la calurosa noche del treinta de junio de mil quinientos veinte. Se preparó todo el tema con el mayor sigilo y la peña se aprestó a dar cumplimiento a la orden bajo la consigna de silencio absoluto mientras Tenochtitlán dormitaba entre sueños de sangre y sudor. Con muchísimo cuidado, trasportando la impedimenta en caballos a los que se vigilaba que no emitieran ningún relincho que pudiera desbaratar tan complicada situación (salir del centro de México no debía de ser precisamente fácil), cruzaron por uno de los puentes de canoas en dirección a Tlacopan, también conocido cómo Tacuba. A diferencia de los sitios europeos, los aztecas eran algo más pachorras y se iban a dormir en cuanto se iba la luz del día, por lo que tuvieron que ser avisados, a voz en grito, por una anciana mexica que, viendo movimiento, aviso a los aztecas. La abuela en cuestión había salido a buscar agua, cómo si no hubiera día que tenía que salir por la noche.
Cómo si no tuvieran más forma de menear a la tropa el tambor de piel de serpiente del templo de Huitzilopohtli, la sierpe alada, comenzó a dar la matraca para hacer una movilización de todos los efectivos disponibles. En cuestión de minutos, para lo cual habría unos buenos sargentos fustigando a los rezagados y a golpe de remo, la laguna que rodeaba Tenochtitlán y de la que hoy no queda ni el recuerdo, hirvió de soldados aztecas ávidos de sangre, armados con lanzas y flechas y flanqueados desde las azoteas que iban dejando atrás por más tropa que reventaba la retaguardia de los huidos. Para completar el circo, otros soldados cortaron las amarras que mantenían quietas las canoas sobre las que se creaban los puentes que comunicaban la capital con la tierra firme. Lo que pretendía ser una huida discreta, en silencia e intentando salvar el máximo posible de muebles, o lo que es lo mismo, de oro, plata y halajas que les iban retrasando preocupantemente.
Soltando lastre, apretando el paso...
En sí el peso de las armaduras, equipo y sobre todo de lo tomado en materiales preciosos, obstaculizaba bastante el avance de los conquistadores. Los aztecas, menos pesados, avanzaban más rápido y amenazaban con dar alcance a los huidos. Hubo muchos que murieron ricos y los que salvaron el pellejo es porque supieron decidir entre su vida y el valor de lo que portaban. El caso es que aquella tropa evolucionaba en unas condiciones críticas, empujando gentes y caballos por una calzada de madera estrecha, sobre una serie de embarcaciones oscilantes, mientras los indígenas atacaban por tres flancos y en plena oscuridad (lo que explicaría el poco atino y la menor mortandad de españoles). Se daban todos los ingredientes para crear la Leyenda de esforzados valientes en pos de una muerte gloriosa cuando lo cierto era que salieron cagando leches y se salvaron los que menos peso portaban y más vidilla se daban en correr.
Así, el mismo Alvarado se vió a un plis de caer en la huida y fue salvado in extremis por Martín de Gamboa que, trincándole del brazo y pegando un buen tirón lo aupó a la grupa hincando espuelas. Gamboa sólo llevaba una armadura de algodón de confección azteca y su acero toledano en ristre. De ahí que saliera más lejano que el resto. Así las cosas el balance fue nefasto para los españoles. Los que no cayeron por las flechas y lanzazos enemigos se ahogaron junto con sus cabalgaduras en las abundantes acequias y pocas que se surtían de la laguna. Los aliados de Cortés fueron aniquilados en la más amplia extensión de la palabra. De más de mil quedaron cien o incluso menos. Se perdió armamento, artillería y más de la mitad de los españoles que secundaban a Hernán. De todo lo saqueado o conseguido para la Corona se perdió en torno al noventa por ciento que, sin duda y sabiendo de la picaresca española, se perdería mucho menos y mucho más iría a los bolsillos de algún espabilado.
Aportando crónicas:
El rebote de
Hernán Cortés queda patente en las crónicas de Indias por las cuales el extremeño se quedó con gran tristeza por lo que sus actuaciones y las de sus hombres habían provocado en el conjunto de la expedición. Aporto, tomado de la
Wikipedia, las siguientes citas sobre el evento que sería el preludio de la conquista final de México y Nueva España:
Bernal Díaz del Castillo asevera en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España:
...que como Cortés y los demás capitanes le encontraron y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos y dijo Pedro de Alvarado, que Juan Velázquez de León quedó muerto..
...y mirábamos toda la ciudad y las puentes y calzadas por donde salimos huyendo; y en ese instante suspiró Cortés con una gran tristeza, muy mayor a la que antes traía, y por los hombres que le mataron antes..
...Acuérdome que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Pérez (que después de ganada la Nueva España fue fiscal y vecino en México): "Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer"..y Cortés le dijo que ya veía cuántas veces había enviado a México a rogarles con la paz; y que la tristeza no la tenía por una sola cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habíamos de ver hasta tornarla a señorear...
Por su parte Francisco López de Gómara describe en su Historia general de las Indias:
...Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?...
Por último
Francisco de Aguilar describe un dialogo en su
Relación Breve de la conquista de Nueva España:
...Sucedió un día que Alonso de Ávila, capitán de la guardia del capitán Hernando Cortés, se fue a su aposento cansado y triste, y tenía por compañero a Botello Puerto de Plata, el cual fue aquel que dijo al marqués en Cempoala: "Señor, daos prisa, porque don Pedro de Alvarado está cercado y le han muerto un hombre". Y así como entró le halló llorando fuertemente y le dijo estas palabras: "¡Oh señor! ¿Ahora es tiempo de llorar?". Respondióle: "¿Y no os parece que tengo razón?. Sabed que esta noche no quedará hombre de nosotros vivo si no se tiene algún medio para poder salir"...
Por último...
Después del hecho trágico que provocó la salida cagando leches de Tenochtitlán, los hombres de Cortés no tenía el cuerpo para muchas fiestas con lo que se internaron en territorio mexica con la intención de pasar de Tlacopan o Tacuba hacía Otumba. Cómo la verdad es que iban negros, en su avance por el oriente del Valle de México, decidieron cobrarse parte de lo sucedido mediante la masacre del pueblo de Calacoayan pecnortando después en Teocalhueyacan, o lo que hoy se conoce cómo San Andrés Atenco. No quedó ahí la cosa, ya que los aztecas intentarían hacerse con la cabeza de Cortés en lo que hoy se conoce cómo Batalla de Otumba. Ahí los españoles se pusieron bravos y cortaron por lo sano cargándose al capitán de los perseguidores. Éstos huirian despendolados al quedarse sin cuadro de mando y los conquistadores españoles pudieron, por fin, llegar a la tierra de Tlaxcala, de carácter aliado, desde donde se planificaría la toma de Tenochtitlán que se lograría, ésta vez sí, un año más tarde.
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