martes, 25 de septiembre de 2012

Relatos. Las Piedras del tiempo.

Foto Propia.
Su cabezonería, altanera, legendaria, le había impulsado, después del sedentarismo forzado al que había sometido su cuerpo henchido de grasa y autocomplacencia a dar un giro de ciento ochenta grados. Después de años de sillón, televisión, refrescos con gas y muchísimas grasas, ahora tocaba retomar el ritmo que le permitiera, sino retomar su cuerpo juvenil, al menos poder moverse con relativa agilidad. Nada le hacía más feliz que volver a moverse con la soltura del senderista que se eleva sobre el camino rumbo al altozano sin reparar en nada más que su salud. No era algo escogido al azar. No era algo en lo que el consintiera por voluntad propia. Le hacía feliz sentirse libre de su peso porque así se vería libre del peor enemigo que le había grangeado su sedentarismo brutal y la autocomplacencia hacía si mismo, dos amagos de infarto por el que el médico le había advertido seriamente. Problemas coronarios y culo en el sillón no eran buenos compañeros. El tercer amago quizás fuera el definitivo.


La resolución.

Los primeros días de la nueva vida móvil le habías supuesto un enorme sacrificio. Una cruel tortura en la que sus ciento cincuenta kilos le habían hecho pagar, a churretazos de sudor, cada intento de que su pierna derecha acompañara, en ordenado y cíclico movimiento a su pierna izquierda. Al final había podido superar el flato, la desidia, el cansancio, la falta de aire y el soponcio y ponerse en relativo moviento en la que sus moyas, cargadas de grasa acumulada habían visto cómo ésta se podía transportar también sin necesidad de utilizar una camilla reforzada. No era algo que él deseara. No era algo que le gustara. Sólo lo hacía por miedo. Miedo a morir y extinguirse. Quería superarse así mismo, ganarle algo de tiempo a la muerte y disfrutar un poco más de vida para seguir hacíendo lo que más le gustaba en el mundo, llevar una vida sedentaria. Algo desfasado para una sociedad que valora el esfuerzo sobre el placer de sentarse a ver la televisión cómo supremo cometido en la vida.

Además, lo tenía bien ganado. La vida no le había dado un cuerpo ni capacidades para el deporte. pero sí una magnífica cabeza con la que había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a hacerse un nombre de broker renombrado. Un corredor que se había granjeado simpatías y enemigos, odios y amistades en la misma proporción para hacerse con las mejores cuentas y obtener los mejores resultados aún viviendo en un pueblo de la remota Serranía oriental al sur de un país tan golpeado por la crisis cómo menoscabado a nivel económico. Quizás eso hubiera influido también en su amor por el sedentarismo. Tantas horas machacado delante de un ordenador, tanto tiempo sin moverse más que para renovar provisiones en forma de perritos, frutos secos, pizza y cualquier otra cosa que no tuviera el menor rastro de algo sano. El primer amago le dió cuando estaba a punto de ganar su tercer millón de Euros. El segundo al retirarse de su actividad, dos meses antes y con treinta y dos años.

La puesta en marcha.

En un mes había valorado sustancialmente su ritmo de vida, había comido más forraje del que hubiera imginado nunca y la plancha se había convertido en su mejor aliado en sustitución de la freidora eléctrica. Su mundo informatizado y cerrado se había transformado en un amplio mundo cuajado de alamedas y parques. Había descubierto el aire en el rostro y que las piernas servían para algo más que para sostener en precario equilibrio su orondo cuerpo cuajado de grasas e inmovilidad. Se felicitaba en parte, pues nunca había realizado tantísimo esfuerzo y en cierto modo deseaba parar y volver a sus videojuegos y televisión. A su ordenador y su vida a oscuras, con el aire acondicionado a todo meter en verano y la calefacción a tope en invierno. Era su sueño, no tener que interaccionar con nadie que no estuviara al otro lado de un cable de fibra óptica y vivir cien mil años sin tener que preocuparse de salir para nada. De vivir sin vivir enclaustrado por voluntad propia.

Eran unas reflexiones atroces, lo sabía, que lo embargaban y rodeaban cómo una amante etérea que no lo dejaba respirar más allá de la apertura que unos recien esforzados pulmones que no habían conocido más esfuerzo que el de aspirar con fuerza los litros y litros de refresco que a lo largo de su corta pero intensa y esforzada carrera cómo broker había consumido en la oscuridad de su propia habitación. Éstas reflexiones lo embargaban miestras ascendia por la empinada escalinata que a través de seiscientos sesenta y seis escalones lo llevaban al Torreón del Oriente. Una pequeña atalaya sobre una roca en forma de cabeza de demonio que según todas las habladurías de los pueblos cercanos había sido construido cómo el cierre a una de las bocas del Infierno. Él que se había educado en los principios de la Ciencia, le parecía sólo un objetivo a alcanzar en ascenso, porque los temas de la inmortalidad se le escapaban con cada amago.

Sedentarismo eterno.

La subida había sido infernal, cómo infernal había sido el número de peldaños a conquistar y su corazón pugnaba por salirse de su pecho dando fuertes bombeadas, faltándole el aire y sintiéndose totalmente agobiado. No así su ego, increiblemente contento por haber alcanzado la cota elevada sobre la campiña circundante. Aquel punto que sólo hacía dos meses no habría soñado siquiera en intentar mirar. Ahora se encontraba dentro de un pequeño bastión de piedra compuesto de una única habitación, fresca y con piedras puntiagudas que representaban alguna suerte de rostro desgastado por el tiempo. Nunca nadie de quien se había decidido a subir, había bajado le habían dicho los pobladores a los píes del risco. El se había reido con ganas. Supercherías, se sentó sobre una enorme losa en el suelo. Una laja de piedra de respetables proporciones sobre la que derramó su enorme humanidad cómo premio a un ascenso tan precario cómo duro.

Reposó sintiéndose bien. Es más, se sintió, por primera vez en muchos años pletórico. Sintió cómo su espalda se pegaba a la vetusta pared anclada en los siglos y vió cómo los rostros desgastados de las piedras salientes adquirian cierta vida, cómo pequeños duendes que se reian con suavidad. Sintió una infinita placided mientras empezaba a dejar de sentir la espalda, cómo si fuera un único cuerpo de esa pared en la que se apoyaba. Sus brazos adquirieron la pesadez placentera de una roca y su frente se fue secando mientras la somnolencia se adueñaba de él. Miró con los ojos entrecerrados a través del ventanal desde el que el Oriente permitía al astro Rey asomar cada día. Su cuerpo parecía irse difuminando poco a poco en una entrega total al recinto. Sólo era una cabeza sin cuerpo cuando pudo por fin adquirir conciencia de que el Torreón del Oriente se había adueñado de el absorviéndolo y convirtiéndolo en una más de aquellas piedras sonrientes. Su sueño se cumplia otorgándole, sin problemas, el sedentarismo eterno.


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16 comentarios:

Javier Tellagorri dijo...

Bonito relato y muy bien contado.
Existen más personas similares a la del protagonista tuyo que lo que se puede imaginar.
Conozco cientos de personas que no son capaces de caminar más de doscientos metros por vaguedad y al final porque el físico no les permite.

jano dijo...

Interesante, breve y ameno relato, amigo Peinado, con un toque de esoterismo y realidad vigente y triste: la de muchas personas que triunfan profesionalmente pero no saben qué hacer con sus vidas ni con el dinero ganado; adictos a una pantalla de plasma y ajenos sus propias vivencias posibles pero no realizadas.
Has sido pelín cruel con tu personaje al no darle la menor oportunidad de redención.
Un saludo, amigo Peinado.

Leona catalana dijo...

Me ha gustado. Y la foto más, muy buena.

Candela dijo...

Pues...me ha gustado mucho pero me corroe la duda si te has inspirado en la vieja Europa o solo ha sido una condena, sin más, a la pasividad.

O nada de eso, pero claro, una cada vez está más viciada a buscarle tres pies al gato.

Norma dijo...

Después de leerte, ya mismo me pongo a hacer ejercicios. Cariños.

El último de Filipinas dijo...

Cualquiera no hacer ahora mismo propósito de dieta y más ejercicio. Otra cosa que que luego se lleven a cabo.

Waru Waru dijo...

Muy interesante; sin duda has sido capaz de captar la metodologia interna del personaje de una forma muy regular y propia. Eso sin duda es lo que hace más real al protagonista.
Me ha encantado
bss

DORAMAS dijo...

Coño, me has retratado, con una infinita exactitud, aunque en algunas cosas te acercas.
Tomo nota.

C.S.Peinado dijo...

Javier, mi relato trata sobre la superación y la recaida. Y de cómo esa recaida nos puede llevar más allá de lo que inicialmente deseábamos. Hay que tener cuidado con lo que se desea.

C.S.Peinado dijo...

Jano, ya permití redimirse al Espectro de mi anterior relato. En cierto modo a éste lo redime su ansia por el sedentarismo. Un sedentarismo eterno en compañia de otros tantos que, cómo él, decidieron acoger el descanso eterno aún a costa de la propia vida.

C.S.Peinado dijo...

Leona, la tomé el mismo día por la noche que tomé las del Castillo de Otiñar. Un ojo en mitad de un cúmulo de nubes. Me parecio curioso y aterrador.

C.S.Peinado dijo...

Candela, es una alegoría de la sociedad, más preocupada en el confort al menor precio que en esforzarse por continuar avanzando en la vida... Luego se nos quejan de que nos comen los chinos...

C.S.Peinado dijo...

Norma, ten cuidado y no te esfuerces en demasía, no vayamos a tener un disgusto. Cuídate.

C.S.Peinado dijo...

El Último, son muchos los propósitos que nos hacemos, pero sólo cuando verdaderamente le vemos las orejas al lobo intentamos ponerle remedio... Aunque para ese instante, quizás ya sea demasiado tarde.

C.S.Peinado dijo...

Waru, gracias por tus palabras, espero poder seguir creando personajes que cautiven a las que con tanto cariño me visitan.

C.S.Peinado dijo...

DORAMAS, hay que moverse un poquito. Además, con la belleza de isla en la que vives, no mover el cuerpo, paseando por sus paisajes es simplemente un desperdicio.

Darle Caña a ésto: