A escasos kilómetros de Jaén Capital, en dirección al Pantano de Quiebrajano el cual surte de agua a gran parte de la Sierra Sur mediante la derivación Víboras-Quiebrajano nos podemos adentrar en lo que se conoce cómo Parque Periurbano de Jaén. Una extensión de monte en el que encontramos parajes cómo la Cañada de la Azadilla, Santa Cristina, el mismo Pantano de Quiebrajano y sobre todo el fascinante, atrayente, misterioso y por desgracia, en estado avanzado de ruina de Otiñar. Un castillo quie en su época ocupó una meseta elevada desde la que se controlaba gran parte del antiguo camino a Granada, todo el valle del río Quiebrajano y en visual directa hacía el norte el más importante Castillo de Santa Catalina, guarda y Custodía de la capital del Santo Reino, Jaén. El Castillo de Otiñar, Bien de Interés Cultural, se yergue silencioso y abandonado en un paraje de belleza salvaje que, pese a estar circundado de zonas urbanas y explotaciones agrarias guarda una naturaleza casi en estado puro, alejada de cualquier señal de vida humana.
Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XIII. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XIII. Mostrar todas las entradas
lunes, 17 de septiembre de 2012
miércoles, 18 de julio de 2012
Albanchez de Magina. Castillo de la encomienda de Santiago.
Situado al abrigo del Cerro de Aznaitín, el pueblo de Albánchez de Mágina se asienta al pie de su pequeño pero no por menos impresionate castillo, que se asoma a la campiña del Guadalquivir desde su impresionante atalaya rocosa.
![]() |
| El Castillo de Albánchez de Mágina desde el Pueblo. |
Etiquetas:
Creacion,
Curiosidades,
España,
Fortificaciones,
Fotografía,
Historia,
Identidad,
Infraestructuras,
Patrimonio,
Siglo XIII
martes, 8 de noviembre de 2011
Historia. La Batalla de las Navas de Tolosa. (3)
Al amanecer de aquel lunes, los dos ejércitos estaban frente a frente a una más que prudente distancia. Cómo era de esperar mirándose cómo se miran dos viejos adversaríos que sabian la gran cantidad de sangre que certificaría el choque. Por parte cristiana encontramos a don diego López de Haro que aún tenía presente el fiasco de Alarcos, del que era directo responsable y por lo mismo obligado a vencer o conservar el honor dejándose la vida en el empeño. Así se lo certificaría su hijo que le rogaría que recuperara la gloria perdida en Alarcos, cosa a la que el Señor de Vizcaya respondería con una mirada fulminante. Así le respondería que tranquilo chaval, te pueden llamar hijo de puta, porque tu madre lo es pero, ¿Hijo de Traidor? de eso nada de nada. Pues nada papí, don Lope aseguraría su fidelidad y le cubriria en la batalla, cuando quieras nos vamos a la escabechina.
Así las cosas, la caballería cristiana con toda la armadura en ristre, más pesada que una suegra y espoleada por almas que no sabrian si volverían a subirla cargó Mesa del Rey abajo al encuentro del musulmán. Debemos pensar en animales con armadura que tenían que correr no sólo con el peso del hierro y la tela que los cubría sino tambien con el caballero que los guiaba que asímismo iba de hierro hasta la coronilla. Además aquello no era precisamente una autopista. Era terreno lleno de broza, con todo tipo de arbustos y algún arbol que no saldría demasiado bien parado. Un barranco lo tajaba complementando los obstáculos a subsanar. Cómo era de esperar en el momento del choque los moritos, cómo si huyeran de la guardia civil se dispersaron por aqui y por allá sin dejar ni un sólo muerto en el choque, pretendiendo crear al ilusión de que huían y dejando pasar a los cristianos sin mayor dificultad en busca de la segunda línea situada en la muchedumbre que ocupaba el altozano frontal y donde se siguió con la carga hasta llegar, casi sin dificultad, hasta el grueso del ejército almohade.
Los musulmanes que estaban en alto llevaban las de ganar. Los cristianos llegaban cansadetes tras soltar mandobles en falso a diestro y siniestro y venían muy desorganizados, con lo que las dos primeras líneas habían cubierto de sobra su cometido, molestar. Las tropas que tenían los cristianos delante ahora no eran fanáticos ni carne de cañón sino la tropa profesional almohade propiamente dicha. Así, las tropas cristianos que habían cortado dos líneas cómo mantequilla se metían de golpe contra una pared de tropas que se venían sobre ellos rechazándolos y cargando cuesta abajo a voz en grito y haciendo sonar cómo posesos sus tambores. Los cristianos no tuvieron por menos que ceder terreno y aguantar marea mientras las tropas de los concejos comenzaba a fallar. Llegaban refuerzos desde la segunda línea de los cruzados pero nada, el empuje almohade era cómo una ladera que se venía encima y la desorganización provocada por la carga en las filas cristianas comenzaba a pasar factura en la vanguardia que no podría resistir por mucho tiempo los alfanjazos del ejército de Al-Nasir.
La estrategia musulmana daba sus frutos tocando las gónadas y de que modo, a las tropas curzadas. Desde la tercera línea, sita en la Mesa del Rey, Alfonso contemplaba cómo las banderas de sus tropas se iban acercando, en retirada entre la polvareda de aquel día de Julio. El rey que debía andar pensando que eso ya se lo esperaba le parecía que el pendón de don López de Haro era el que más corria, apreciándolo con disgusto y confesándoselo así al arzobispo de Toledo. Andrés roca, a la sazón ciudadano del concejo de Medina del Campo que tenía la oreja puesta más en lo que decía el Rey que en lo que sucedía en la polvareda del el frente le replicaría al monarca que don López de haro seguía dando mandoblazos a los moros mientras que los que huían eran los villanos de Madrid. Más tarde éstos le devolverían el favor de menospreciarlos ante el Rey asesinándolo, eso sí, con todo el cariño del mundo.
Don López de Haro con los suyos seguía batiéndose el cobre puñalada va, espadazo viene con los veteranos almohades que no le iban a la zaga. Las tropas cristianas estaban mejor acorazadas pero los musulmanes mejor situados. Una cosa por la otra y apoyados por su caballería ligera los almohades estaban poníendo la cosa, nunca mejor dicho, muy costa arriba para las dos líneas en contienda de la caballeria de Castilla. Esa pesadez los hacía además un blanco fácil, pues la incapacidad de maniobra que proporcionaba la pesada armadurade caballos y caballeros eran cómo una diana a dos metros para los expertos arqueros y honderos del Miramamolín. Mucha coraza y mucho mandoble pero aquellos se los iban a comer los moros por los píes así que Alfonso VIII tragó bilis y consideró que había llegado el momento de protagonizar la carga decisiva, o no, de la jornada.
Según las crónicas, de las que no te puedes fiar mucho pues ya sabemos que lso cronistas son pelotas y adornan en exceso el Rey miró al arzobispo de Toledo y le dijo que allí iban a cascar. De la cara que puso el prelado no dicen nada, pero seguramente estaba maldiciendo su estampa mientras la tercera línea cargaba cómo posesos sobre las amkorfas líneas de batalla del fondo. Entraban a saco con ellos las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra en un clamor único. El de Santiago y cierra España. (Esto último es mío).
Cargando por partida triple.
La estrategia cristiana había delimitado el papel que la tercera línea debía cumplir. No era otro que el de echar los restos y repartir tortas cómo panes. No se podía permitir verse frenada por los efectivos almohades. Había que penetrar las líneas y destrozarlas, anularlas y no permitir un contrataque pues que se sucediera era equivalente a dejar Alarcos cómo un juego de niños. Las dos primeras líneas estaban machacada y la tercera aportaba lo que quedaba, una responsabilidad en toda regla en que seguramente se jugaban que los musulmanes tiraran para el norte o que los cristianos los apretaran hacía el sur. Lo que si era cierto es que todo estaba sucediendo paso a paso y con planes cuidadosamente trabajados en los prolegómenos de la batalla. Nada de vamos para adelante y que sea lo que Dios quiera, no, todo planeado acorde a las normas de la Guerra de la época.
Los cruzados así jugaban una baza única, irreversible y de la que dependía toda la carne puesta en el asador. Mientras la caballería pesada cristiana se acercaba haciendo temblar el suelo los almohades anteponián la resistencia pasiva que imponían las fortificaciones instaladas en lo alto de la ladera. Éstas estaban hechas para resistir una carga cómo la que se acercaba en sustitución de la carencia en ese sentido que poseía el ejército musulmán. Los tres reyes enfilaron a sangre y fuego su objetivo apretando el culo a la silla y apretándose entre sí para no perder cohesión. Sólo con ese impetu ,mientras las otras dos líneas se deshacián a palos con los moros, pudieron arribar al palenque de Al-Nasir. A pesar de la gravedad y la importancia de aquel choque donde saltaría algo más que chispas, no se tienen demasiadas noticias, acaso porque no andaría la cosa para que el cronista fuera pluma, tintero y pergamino en mano mientras saltaban tripas de infiel aquí y allá. Si sabemos, por tradición más que por certeza, que Sancho el Fuerte fue el primero en romper la cadena de los fanáticos que constituían la primera línea de defensa del recinto. Haciendo memoria podremos ver esas cadenas componiendo en campo sanguíneo las armas del reino de Navarra, si bien hay muchas casas nobiliarías que las incorporan junto con palos ardiendo lo cual sería sintoma de que andarían dando tortas por la zona. Lo más certero sería pensar un acometimiento múltiple por varios lugares mientras los imesebelen se iban a ver a Alá con la mala cara que proporciona una herradura de córcel en toda la jeta.
Aquí, más que en términos de carnícería habría que hablar de casquería pura y dura. Entre que los que llegaban venían a degüello y los que estaban no se quedaban a la zaga, aquello fue para no contarlo. El choque extremo y el carácter sellante de la batalla, de creer que allí se jugaba el honor o la ruina bien de al-Andalus, bien de España, espolearia a unos y otros cuchilla iba, alfanje venía. Una carga de caballería pesada sobre un blanco inmóvil era imposible de contrarrestar. Más tarde, dos siglos después, el arco largo galés y las primeras armas de fuego la invalidarían cómo fuerza de choque, pero en aquella ocasión la caballería de la tercera línea había llegado a puerto y el buque amenazaba cón mandar el espigón a tomar viento. Allí, en aquella mínima loma, se juntaron caballos, jinetes, arqueros impedidos para tensar cuerda, honderos despéndolados y cadáveres cayendo aquí y allí. Lo más lógico era pensar que cada cual lo manaría todo al pairo e iría buscando desesperadamente la salida más rápida para huir de allí.
Alcanzándote.
Después del combate vendría el remate. La carga finalmente había sido un hecho y un éxito. El ejército almohade se había comido el marrón de la manera más indigna y los cristianos iban con ganas de marcha. Los cristianos se habían ido reagrupando en pequeñas compañias que iban dando caza a los que iban huyendo. No hubo piedad. Murieron tantos o más musulmanes alanceados en la huida que los que habrían dejado su vida en el combate. Cómo ya todo era cuesta abajo, unos huyeron hacía el sur y otros los persiguieron con más saña aún cruzando y pisoteando loq eu queaba de campamento. El objetivo de los machacados musulmanes era llegar al Vilches y meterse en el castillo con el objetivo de aguantar allí lo que fuera menestar. Eso los que no se les ocurría la brillante idea de subirse a las encinas donde eran un blanco fácil para las largas picas de los cristianos.
Para prevenir que en el fragor de la batalla las tropas se dedicaran al saqueo de los muertos o malheridos, se había prohibido a las mesnadas cristianas hacerlo, bajo pena de excomunión hasta culminar el destrozo musulmán. No era cosa de que a medio combatir, cada uno se tomara la cosa a cachondeo y dejara de luchar por quitarle al moro dos monedas de cuproníquel. Así se dió caña y palos a troche y moche y una vez culminada la empresa los cruzados se echaron sobre el superbien abastecido campamento almohade. Sin defensores, atestado de cadáveres y con muchísimos malheridos que los cristianos irian rematando se dedicaron a buscar metales preciosos,armas, bestias para incorporar a las yeguadas y sobre todo avituallamiento. Se dice que había tanto que, habiendo cogido cada cual lo que quiso, aún tuvieron que dejar muchísimo más por allí tirado. Cosa, que sin duda, parece ser una exageración de los cronistas. El Arzobispo primado de Toledo se dedicó, con su tropa de clérigos a entoner el TeDeum, dando gracias por haber masacrado a los árabes. Después de asegurada la posición y apresurándose antes de que el sol se recostara tras los altos riscos de Despeñaperros desmantelaron el campamento de la Mesa del Rey y lo trasladaron al ex-palenque de Al-Nasir dedicándose a posteriori a enterrar a sus muertos.
Enterraron los muertos de los cruzados, cómo es obvio. Los cuerpos de los sarracenos se los papearian después los animales de los contornos. Se cuenta que los cuerpos diseminados por el campo de batalla del bando musulmán serían unos cien mil mientras los muertos del bando cristiano serían unos treinta. Tal es la cuenta del cronista, excesivamente sobrepatriótico o muy fumado que además aseveraba que el pastor que indicó el paso para coger a los moros por sorpresa sería un angel o el mismo San Isidro. El que escribía la crónica querria darle un halo de milagro al asunto asegurando que despues de la batalla ni había manchas de sangre por el campo de batalla. Una serie de cosas que hoy no tenemos por menos que tratar de exageración y despropósito. en cuanto al pastor, se cuenta que si que era humano y atendía al nombre de Manuel Halaja.
Vamos que nos vamos.
Tras el batallón que había puesto en su sitio a los musulmanes y movido la frontera de la España cristiana más hacía el sur los cristianos pasaron dos noches y un día descansando. Encendieron fogatas que alimentaron con lanzas, arcos y flechas pillados a los musulmanes. Quemaron muchas pero más dejaron por allí tiradas. Tampoco es para tanto, no iban a hacer un lumbrón para cobijarse del frío en pleno mes de julio. Para cocinar, alumbrarse y poco más.
El miércoles 18 de julio, aniversario al revés de otras cosas que no vienen al caso los cristianos trincaron los bártulos y se fueron algo más al sur. Por lo visto los cadaveres de los musulmanes se podrían cómo el que más y el pestazo era muy superior al mal olor que ya de por sí desprendía la soldadesca y demás peña, pocos habituados al saneamiento corporal. En esas, algunas compañias hicieron algo de deporte tomando Baños de la Encina, Tolosa y Vilches, dedicándose al noble arte del degüello de moro sedentario de las fortalezas y a los escapados que en ellas se habían refugiado. Cosas así hacian que se corriera cómo la pólvora los desmanes de los cristianos para con los sarracenos. Tanto corrieron las noticias que, cuando llegaron a Baeza, el nido estaba vacio y los pocos ancianos e impedidos que quedaban, acogidos en la mezquita mayor ardieron cómo la brea.
Para no enfriarse siguieron su periplo por Úbeda, mejor defendida que Baeza pero hasta los topes de todos los que, desde Despeñaperros, venían huyendo de la marabunta de la cruz. Cómo llegaron al pie de la muralla en Domingo, los cruzados respetaron la fiesta y el lunes siguiente, veintitrés dieron caña por varios puntos de la muralla. Así los musulmanes vieronque tenían todo el pescado perdido. El Rey de Aragón minó y derribó una de las torres de la muralla y después todo fue una juerga. Los cristianos entraron a sangre y fuego y obligaron a los árabes a refugiarse en la ciudadela de la parte alta. Los sitiados que se veían comidos por lospies intentaron negociar un rescate para salir con bien de aquella. Se estableció la cifra por un millón de maravedíes en oro que los moros dijeron no poder satisfacer. Sin problemas, dijeron los cristianos que, tras ser sermoneados por los eclesiásticos que les recordaron que en cruzada no se debía ni podía negociar con infieles, pasaron a cuchillo a todo el que pillaron que no ostentara una cruz y la ciudad reducida a escombro. Aún así hiciero acopio de esclavos para no perder la jornada.
Finalmente los tres reyes se plantearon conquistar lo que quedaba hasta mandar al moro a Marruecos. Se veía la cosa fácil pero el hombre dispone... Una epidemia de disentería mando los planes a tomar viento. La soldadesca estaba extenuada, de batallar, tomar fortalezas y cortar cuellos. Tambien de saquear y darle a las moras lo suyo, quedando postrado el grueso del ejército por la enfermadad agravada por la falta de jabon y el calor al que no estaban acostumbrados. Se suspendería así una expedición que podría haber expulsado a los árabes casi trés siglos antes de lo que lo hicieron. Hicieron pues el petate, recogieron lo saqueado y cubiertos de una gloria que ya quedaría perpetuada para siempre retornaron a Castilla.
Por parte del castellano Alfonso VIII lo de Alarcos quedó sobradamente bien vengado y regresó a Toledo donde entró triunfal derramando bienes y promesas sobre los que habían contribuido a la empresa. Mientras, el rey de León que, traicionero y aprovechando que el castellano estaba dándole al moro había tomado algunas plazas se cagó encima cuando vió lo que se le venía encima. Pero Alfonso estaba con la buena cara y le perdonó otorgandole a Sancho el Fuerte, que tambien era enemigo y que sin embargo le había echado una mano en el asunto los castillos que deseaba en su frontera.
La Batalla de las Navas de Tolosa supuso alejar la frontera árabe más al sur y sentar una avanzada cristiana que los moros ya no podrían recuperar. Sería la puerta a las conquistas habidas en Andalucía a lo largo de todo el siglo XIII. El imperio almohade comenzaría así a desmembrarse no pudiendo soportar Al-Nasir tamaña vergüenza. Abdicaría en su hijo y cruzaría el estrecho metiéndose en su palacio de Marrakech para morir a los dos años de su derrota entre placeres, vino, mujeres y supuestamente envenenado. Alfonso VIII moriría a los dos meses. Pedro II de Aragón murió al año siguiente en la batalla de Muret contrarlos cruzados convocados por Inocencio III contra los herejes albigenses en auxilio de se cuñado Raimundo IV de Tolosa. Por contra Sancho el Fuerte disfrutaría de la gloria y las plazas tomadas a Alfonso veintidós años después de la batalla. Moriría en Tudela en mil doscientos treinta y cuatro, donde parece ser que murió de neurastenía, debudo a su obesidad.
Los musulmanes que estaban en alto llevaban las de ganar. Los cristianos llegaban cansadetes tras soltar mandobles en falso a diestro y siniestro y venían muy desorganizados, con lo que las dos primeras líneas habían cubierto de sobra su cometido, molestar. Las tropas que tenían los cristianos delante ahora no eran fanáticos ni carne de cañón sino la tropa profesional almohade propiamente dicha. Así, las tropas cristianos que habían cortado dos líneas cómo mantequilla se metían de golpe contra una pared de tropas que se venían sobre ellos rechazándolos y cargando cuesta abajo a voz en grito y haciendo sonar cómo posesos sus tambores. Los cristianos no tuvieron por menos que ceder terreno y aguantar marea mientras las tropas de los concejos comenzaba a fallar. Llegaban refuerzos desde la segunda línea de los cruzados pero nada, el empuje almohade era cómo una ladera que se venía encima y la desorganización provocada por la carga en las filas cristianas comenzaba a pasar factura en la vanguardia que no podría resistir por mucho tiempo los alfanjazos del ejército de Al-Nasir.
La estrategia musulmana daba sus frutos tocando las gónadas y de que modo, a las tropas curzadas. Desde la tercera línea, sita en la Mesa del Rey, Alfonso contemplaba cómo las banderas de sus tropas se iban acercando, en retirada entre la polvareda de aquel día de Julio. El rey que debía andar pensando que eso ya se lo esperaba le parecía que el pendón de don López de Haro era el que más corria, apreciándolo con disgusto y confesándoselo así al arzobispo de Toledo. Andrés roca, a la sazón ciudadano del concejo de Medina del Campo que tenía la oreja puesta más en lo que decía el Rey que en lo que sucedía en la polvareda del el frente le replicaría al monarca que don López de haro seguía dando mandoblazos a los moros mientras que los que huían eran los villanos de Madrid. Más tarde éstos le devolverían el favor de menospreciarlos ante el Rey asesinándolo, eso sí, con todo el cariño del mundo.
Don López de Haro con los suyos seguía batiéndose el cobre puñalada va, espadazo viene con los veteranos almohades que no le iban a la zaga. Las tropas cristianas estaban mejor acorazadas pero los musulmanes mejor situados. Una cosa por la otra y apoyados por su caballería ligera los almohades estaban poníendo la cosa, nunca mejor dicho, muy costa arriba para las dos líneas en contienda de la caballeria de Castilla. Esa pesadez los hacía además un blanco fácil, pues la incapacidad de maniobra que proporcionaba la pesada armadurade caballos y caballeros eran cómo una diana a dos metros para los expertos arqueros y honderos del Miramamolín. Mucha coraza y mucho mandoble pero aquellos se los iban a comer los moros por los píes así que Alfonso VIII tragó bilis y consideró que había llegado el momento de protagonizar la carga decisiva, o no, de la jornada.
Según las crónicas, de las que no te puedes fiar mucho pues ya sabemos que lso cronistas son pelotas y adornan en exceso el Rey miró al arzobispo de Toledo y le dijo que allí iban a cascar. De la cara que puso el prelado no dicen nada, pero seguramente estaba maldiciendo su estampa mientras la tercera línea cargaba cómo posesos sobre las amkorfas líneas de batalla del fondo. Entraban a saco con ellos las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra en un clamor único. El de Santiago y cierra España. (Esto último es mío).
Cargando por partida triple.
La estrategia cristiana había delimitado el papel que la tercera línea debía cumplir. No era otro que el de echar los restos y repartir tortas cómo panes. No se podía permitir verse frenada por los efectivos almohades. Había que penetrar las líneas y destrozarlas, anularlas y no permitir un contrataque pues que se sucediera era equivalente a dejar Alarcos cómo un juego de niños. Las dos primeras líneas estaban machacada y la tercera aportaba lo que quedaba, una responsabilidad en toda regla en que seguramente se jugaban que los musulmanes tiraran para el norte o que los cristianos los apretaran hacía el sur. Lo que si era cierto es que todo estaba sucediendo paso a paso y con planes cuidadosamente trabajados en los prolegómenos de la batalla. Nada de vamos para adelante y que sea lo que Dios quiera, no, todo planeado acorde a las normas de la Guerra de la época.
Los cruzados así jugaban una baza única, irreversible y de la que dependía toda la carne puesta en el asador. Mientras la caballería pesada cristiana se acercaba haciendo temblar el suelo los almohades anteponián la resistencia pasiva que imponían las fortificaciones instaladas en lo alto de la ladera. Éstas estaban hechas para resistir una carga cómo la que se acercaba en sustitución de la carencia en ese sentido que poseía el ejército musulmán. Los tres reyes enfilaron a sangre y fuego su objetivo apretando el culo a la silla y apretándose entre sí para no perder cohesión. Sólo con ese impetu ,mientras las otras dos líneas se deshacián a palos con los moros, pudieron arribar al palenque de Al-Nasir. A pesar de la gravedad y la importancia de aquel choque donde saltaría algo más que chispas, no se tienen demasiadas noticias, acaso porque no andaría la cosa para que el cronista fuera pluma, tintero y pergamino en mano mientras saltaban tripas de infiel aquí y allá. Si sabemos, por tradición más que por certeza, que Sancho el Fuerte fue el primero en romper la cadena de los fanáticos que constituían la primera línea de defensa del recinto. Haciendo memoria podremos ver esas cadenas componiendo en campo sanguíneo las armas del reino de Navarra, si bien hay muchas casas nobiliarías que las incorporan junto con palos ardiendo lo cual sería sintoma de que andarían dando tortas por la zona. Lo más certero sería pensar un acometimiento múltiple por varios lugares mientras los imesebelen se iban a ver a Alá con la mala cara que proporciona una herradura de córcel en toda la jeta.
Aquí, más que en términos de carnícería habría que hablar de casquería pura y dura. Entre que los que llegaban venían a degüello y los que estaban no se quedaban a la zaga, aquello fue para no contarlo. El choque extremo y el carácter sellante de la batalla, de creer que allí se jugaba el honor o la ruina bien de al-Andalus, bien de España, espolearia a unos y otros cuchilla iba, alfanje venía. Una carga de caballería pesada sobre un blanco inmóvil era imposible de contrarrestar. Más tarde, dos siglos después, el arco largo galés y las primeras armas de fuego la invalidarían cómo fuerza de choque, pero en aquella ocasión la caballería de la tercera línea había llegado a puerto y el buque amenazaba cón mandar el espigón a tomar viento. Allí, en aquella mínima loma, se juntaron caballos, jinetes, arqueros impedidos para tensar cuerda, honderos despéndolados y cadáveres cayendo aquí y allí. Lo más lógico era pensar que cada cual lo manaría todo al pairo e iría buscando desesperadamente la salida más rápida para huir de allí.
Alcanzándote.
Después del combate vendría el remate. La carga finalmente había sido un hecho y un éxito. El ejército almohade se había comido el marrón de la manera más indigna y los cristianos iban con ganas de marcha. Los cristianos se habían ido reagrupando en pequeñas compañias que iban dando caza a los que iban huyendo. No hubo piedad. Murieron tantos o más musulmanes alanceados en la huida que los que habrían dejado su vida en el combate. Cómo ya todo era cuesta abajo, unos huyeron hacía el sur y otros los persiguieron con más saña aún cruzando y pisoteando loq eu queaba de campamento. El objetivo de los machacados musulmanes era llegar al Vilches y meterse en el castillo con el objetivo de aguantar allí lo que fuera menestar. Eso los que no se les ocurría la brillante idea de subirse a las encinas donde eran un blanco fácil para las largas picas de los cristianos.
Para prevenir que en el fragor de la batalla las tropas se dedicaran al saqueo de los muertos o malheridos, se había prohibido a las mesnadas cristianas hacerlo, bajo pena de excomunión hasta culminar el destrozo musulmán. No era cosa de que a medio combatir, cada uno se tomara la cosa a cachondeo y dejara de luchar por quitarle al moro dos monedas de cuproníquel. Así se dió caña y palos a troche y moche y una vez culminada la empresa los cruzados se echaron sobre el superbien abastecido campamento almohade. Sin defensores, atestado de cadáveres y con muchísimos malheridos que los cristianos irian rematando se dedicaron a buscar metales preciosos,armas, bestias para incorporar a las yeguadas y sobre todo avituallamiento. Se dice que había tanto que, habiendo cogido cada cual lo que quiso, aún tuvieron que dejar muchísimo más por allí tirado. Cosa, que sin duda, parece ser una exageración de los cronistas. El Arzobispo primado de Toledo se dedicó, con su tropa de clérigos a entoner el TeDeum, dando gracias por haber masacrado a los árabes. Después de asegurada la posición y apresurándose antes de que el sol se recostara tras los altos riscos de Despeñaperros desmantelaron el campamento de la Mesa del Rey y lo trasladaron al ex-palenque de Al-Nasir dedicándose a posteriori a enterrar a sus muertos.
Enterraron los muertos de los cruzados, cómo es obvio. Los cuerpos de los sarracenos se los papearian después los animales de los contornos. Se cuenta que los cuerpos diseminados por el campo de batalla del bando musulmán serían unos cien mil mientras los muertos del bando cristiano serían unos treinta. Tal es la cuenta del cronista, excesivamente sobrepatriótico o muy fumado que además aseveraba que el pastor que indicó el paso para coger a los moros por sorpresa sería un angel o el mismo San Isidro. El que escribía la crónica querria darle un halo de milagro al asunto asegurando que despues de la batalla ni había manchas de sangre por el campo de batalla. Una serie de cosas que hoy no tenemos por menos que tratar de exageración y despropósito. en cuanto al pastor, se cuenta que si que era humano y atendía al nombre de Manuel Halaja.
Vamos que nos vamos.
Tras el batallón que había puesto en su sitio a los musulmanes y movido la frontera de la España cristiana más hacía el sur los cristianos pasaron dos noches y un día descansando. Encendieron fogatas que alimentaron con lanzas, arcos y flechas pillados a los musulmanes. Quemaron muchas pero más dejaron por allí tiradas. Tampoco es para tanto, no iban a hacer un lumbrón para cobijarse del frío en pleno mes de julio. Para cocinar, alumbrarse y poco más.
El miércoles 18 de julio, aniversario al revés de otras cosas que no vienen al caso los cristianos trincaron los bártulos y se fueron algo más al sur. Por lo visto los cadaveres de los musulmanes se podrían cómo el que más y el pestazo era muy superior al mal olor que ya de por sí desprendía la soldadesca y demás peña, pocos habituados al saneamiento corporal. En esas, algunas compañias hicieron algo de deporte tomando Baños de la Encina, Tolosa y Vilches, dedicándose al noble arte del degüello de moro sedentario de las fortalezas y a los escapados que en ellas se habían refugiado. Cosas así hacian que se corriera cómo la pólvora los desmanes de los cristianos para con los sarracenos. Tanto corrieron las noticias que, cuando llegaron a Baeza, el nido estaba vacio y los pocos ancianos e impedidos que quedaban, acogidos en la mezquita mayor ardieron cómo la brea.
Para no enfriarse siguieron su periplo por Úbeda, mejor defendida que Baeza pero hasta los topes de todos los que, desde Despeñaperros, venían huyendo de la marabunta de la cruz. Cómo llegaron al pie de la muralla en Domingo, los cruzados respetaron la fiesta y el lunes siguiente, veintitrés dieron caña por varios puntos de la muralla. Así los musulmanes vieronque tenían todo el pescado perdido. El Rey de Aragón minó y derribó una de las torres de la muralla y después todo fue una juerga. Los cristianos entraron a sangre y fuego y obligaron a los árabes a refugiarse en la ciudadela de la parte alta. Los sitiados que se veían comidos por lospies intentaron negociar un rescate para salir con bien de aquella. Se estableció la cifra por un millón de maravedíes en oro que los moros dijeron no poder satisfacer. Sin problemas, dijeron los cristianos que, tras ser sermoneados por los eclesiásticos que les recordaron que en cruzada no se debía ni podía negociar con infieles, pasaron a cuchillo a todo el que pillaron que no ostentara una cruz y la ciudad reducida a escombro. Aún así hiciero acopio de esclavos para no perder la jornada.
Finalmente los tres reyes se plantearon conquistar lo que quedaba hasta mandar al moro a Marruecos. Se veía la cosa fácil pero el hombre dispone... Una epidemia de disentería mando los planes a tomar viento. La soldadesca estaba extenuada, de batallar, tomar fortalezas y cortar cuellos. Tambien de saquear y darle a las moras lo suyo, quedando postrado el grueso del ejército por la enfermadad agravada por la falta de jabon y el calor al que no estaban acostumbrados. Se suspendería así una expedición que podría haber expulsado a los árabes casi trés siglos antes de lo que lo hicieron. Hicieron pues el petate, recogieron lo saqueado y cubiertos de una gloria que ya quedaría perpetuada para siempre retornaron a Castilla.
Por parte del castellano Alfonso VIII lo de Alarcos quedó sobradamente bien vengado y regresó a Toledo donde entró triunfal derramando bienes y promesas sobre los que habían contribuido a la empresa. Mientras, el rey de León que, traicionero y aprovechando que el castellano estaba dándole al moro había tomado algunas plazas se cagó encima cuando vió lo que se le venía encima. Pero Alfonso estaba con la buena cara y le perdonó otorgandole a Sancho el Fuerte, que tambien era enemigo y que sin embargo le había echado una mano en el asunto los castillos que deseaba en su frontera.
La Batalla de las Navas de Tolosa supuso alejar la frontera árabe más al sur y sentar una avanzada cristiana que los moros ya no podrían recuperar. Sería la puerta a las conquistas habidas en Andalucía a lo largo de todo el siglo XIII. El imperio almohade comenzaría así a desmembrarse no pudiendo soportar Al-Nasir tamaña vergüenza. Abdicaría en su hijo y cruzaría el estrecho metiéndose en su palacio de Marrakech para morir a los dos años de su derrota entre placeres, vino, mujeres y supuestamente envenenado. Alfonso VIII moriría a los dos meses. Pedro II de Aragón murió al año siguiente en la batalla de Muret contrarlos cruzados convocados por Inocencio III contra los herejes albigenses en auxilio de se cuñado Raimundo IV de Tolosa. Por contra Sancho el Fuerte disfrutaría de la gloria y las plazas tomadas a Alfonso veintidós años después de la batalla. Moriría en Tudela en mil doscientos treinta y cuatro, donde parece ser que murió de neurastenía, debudo a su obesidad.
Si deseas comunicarte conmigo, agregar algo a éste artículo, exponer tu opinión en privado o sugerirme temas sobre los que hablar no dudes en ponerte en contacto conmigo a través de churre_s_peinado@hotmail.com. Gracias.
martes, 1 de noviembre de 2011
Historia. La Batalla de las Navas de Tolosa. (2)
Entrado ya el mes de julio, los cruzados que seguian su imparable avance hacía el sur. Avistan de tal suerte Salvatierra que cómo sabemos había sido tomado por Al-Nasir y está en posesión de los moros. Cómo andaban un tanto fatigadetes deciden levantar el campamento y descansar los días siete, ocho y nueve. Los moros que ven el nutrido ejército saben que las tropas almohades no están demasiado lejos. También saben, cómo los cristianos que recibian mensajes de las avancadillas que el rubiales arabesco se había aposentado en las gargantas del Muradal esperando la acometida de Alfonso y los suyos. Tras arrasar a sangre y fuego Salvatierra, los cruzados continuaron camino hacía el sur.
En aquel tiempo, el macizo de Despeñaperros era una seríe de gargantas, tal y cómo las vemos hoy en las que cualquier posición elevada garantizaba la victoria sobre un ejército mucho más grande que pasara por debajo. Eso era sabido por los musulmanes que conocían la capacidad cómo frontera natural de la Bética. Así los moros que sabían el percal se habían subido a las peñas que bordeaban el desfiladero de la Losa. Esa garganta a través de la cual por narices debía pasar el ejército de Alfonso y Cia era algo asó cómo las Termópilas. Estrecho, aspero y con una capacidad de defensa tanoptima que quinientos hombres bastarian para dar muchos quebraderos a cualquier conjunto de tropas que decidieran acometer la empresa de pasar hacía el sur.
Lenta y pesadamente la caballería pesada, acompañada de peones y demás parafernalia llegan al paráje conocido cómo las Fresnedas. Allí levantan campamento al tiempo que López de Haro, señor de vizcaya envía avanzadillas a ver cómo está la cosa en los alrededores y a tomar el Muradal, hoy Despeñaperros. Llegan a la zona y montan un puesto de vigilancia para ver cómo se la cocina el enemigo. Desde allí avistan el castillo de Ferral, bastión adelantado de los árabes en Sierra Morena y del mismo modo aquellos vieron la avanzadilla enviada por el Señor de Vizcaya a la que, de inmediato, salieron a darle caña. La avanzadilla resisitió sabedores que, el día siguiente, doce los restantes cruzados llegarían a la meseta del Muradal. Ya viendo tanta gente los moros pusieron tierra de por medio y el día trece amaneció con el castillo del Ferral vacío porque se habían replegado los mors hacía sus tropas en avanzadilla.
La situación se tornaba tragicómica. Ambos ejércitos,rabiosos por hacer snagre del enemigo estaban separado sólo por algunos kilómetros. Los que tenía en su longitud el referido desfiladero de la Losa. Los Cristianos eran los que peor lo llevaban. Tenían que avanzar porque estaba claro que los moros no iban a pasar hacía el norte. Por otro lado, meterse hacía el sur era caer cómo moscas. para colmo el sitio donde estaban acampados era bastante desolado, no teniendo casi forraje para las caballerias. Los víveres para las tropas no iban demasiado bien tampoco. Así que reunidas las fuerzas vivas se presentó la tesitura de abandonar la avanzada y retroceder hacía la parte norte de la Bética. Tiempo habría de buscar un paso más favorable. Alfonso repudiaba esa opción porque irse para atrás era jugar con fuego y desmoralizar a la peña. Así que para delante, cómo los de Alicante. No faltó quien advirtió que quizás los moros estuvieran guardando todos los pasos factibles para un ataque. Nada, al ataque de frente y a sangre y fuego. Alfonso trató de convencerlos y al que no convenció lo ordeno, tomarían el camino hacía el sur mientras las heridas de Alarcos se abrierondolorosamente y de golpe.
Milagros de repente.
Cómo cuando Santiago Matamoros se presento en Clavijo para darle por saco a los árabes en favor de los cristianos sostiene la tradición que en Despeñaperros el milagro se repitió en forma de pastor. Parecía que la cosa iba viento en popa si no era un ardiz. A Alfonso no se lo parecía y cómo lo fuera iba a cortar en rodajas al interfecto. El pastor sostenía que conocía, lo mismo que en las Termópilas de Trescientos, un paso hacía el sur del que los árabes no tenían ni idea. Y si la tenían no habían dado muestras de conocerlo. Así López de Haro, que cómo responsable del fracaso de Alarcos iba en todas las avanzadillas a ver si así, poniéndose en peligro se congraciaba con su señor, cogió al pastor y unas cuantas tropas y tiraronpara el Oeste. Después giraron hacía el sur a traves de los parajes de Puerto del Rey y Salto del Fraile por donde pasa la actual autovía que une la meseta con Andalucía. Siguieron su camino y llegaron a una explanada generosa y con pasto suficiente conocida hoy en día cómo Mesa del Rey. Habían llegado esquivando las tropas de Al-Nasir que no tan siquiera se había percatado de que le estaban haciendo la cama a sus espaldas. Don Diego López de Haro mandó correo al Rey asegurándole que la nueva posición estaba canela y para allá que se fue el Rey con tropas, aliados y escombro añadido. Allí además, habría plena visión del ejército enemigo. Carniceros de uno y otro bando vista a vista y preparando la piedra para afilar el acero.
Al-Nasir habría mandado a aquellas alturas decapitar a todo aquel que en la Losa anduviera aún esperando a los cristianos. Se la habían jugado y gorda. La ventaja inicial se había ido al garete y con el efecto sorpresa con lo que ya sólo quedaba dar caña. No se podía permitir el lujo de que los cristianos se repusieran y decidió un ataque en masa e inmediato. Azuzó a sus generales que plantaron a los ejércitos en orden de combate tomando las posiciones estratégicas más favorables e ideales al ataque. De igual modo se empeñaron en mover la caballería ligera y arqueros Jenízaros para acobardar a los cristianos que, aún así, no mordieron el anzuelo limitándose a rechazar las escaramuzas de los moros.
Al día siguiente era domingo. Quince de Julio. Con un calor insoportable. Así que los cristianos se fueron a misa mientras los almohades llevaban en formación de combate desde el amanecer hasta el medio día. Los cristianos, sabiéndo que estaban poniendo nerviosos a los otros se dedicaron al descanso dominical y hacer cuatro escarmuzas mal contadas para tentar al enemigo. No debemos menospreciar éstos movimientos cómo menores. Ambas fuerzas se tentaban a fin de analizar la fuerza enemiga con el fin de plantear mejor batalla y desde puestos estratégicos más favorables con el fin de lograr ganar la inminente batalla.
Los preludios de la Batalla.
Cualquiera que imagine la zona y situación en cuestión sabrá que aquella noche no durmió ni el tato. Tanto en uno cómo en otro campamento, los vigías pasearian de un lado a otro mirando aquellas fogatas a unos kilómetros de distancia mientras el estrellado cielo velaba la noche del quince de julio de mil doscientos doce. No había arribado la amanecida cuando se aprestó laorden de prepararse para el combate. El crepitar de las fogatas de respeto dió paso a los sonidos metálicos de las armas que acabarian ensangrentadas antes del nuevo ocaso. Los clérigos pasaron administrando extremasunciones y los capitanes dándo las últimas órdenes. El día acometió las armas castellanas, aragonesas y navarras con un amanecer sanguinolento. Tanto cómo lo iba a ser aquella jornada decisiba en la Reconquista.
Al ponerse el sol en su sitio cómo privilegiado vigía y alumbrar el extenso campo de ajedrez sembrado de hierba y piedra, los cristianos habían formado tres cuerpos de ejército dispuestos en línea tal y cómo mandaban los cánones de la guerra. El central lo ocupaba la caballería y tropas de Castilla. Pedro II de Aragón formaba el ala izquierda haciéndo lo propio a la derecha Sancho el Fuerte. Ambas alas laterales habían reforzado los flancos con tropas aportadas por varios de los concejos castellanos. Esos cuerpos se formaban en tres largas líneas de profundidad.
El cuerpo central se disponía en combate a la orden del veterano y necesitado de restitución Don Diego López de Haro. Tras su plana se situaban los caballeros templarios a cuyo frente se encontraba el Maestre de la Orden, Gómez Ramirez. Le acompañaban los caballeros hospitalarios, los de Uclés y los de Calatrava. A retaguardia y viendo cómo se acercaba inevitablemente el punto de inflexión comenzado en Alarcos estaba Alfonso VIII de Castilla, flaqueado por el arzobispo de toledo y algunos obispos de Castilla y Aragón y casi seguro del Arzobispo de narbona que no habría regresado con los norteños a su tierra. El ejército era un compedio de todas las clases y fuerzas en predisposición de entrar en combate. Por un lado los nobles, los caballeros y los freires de las órdenes militares eran guerreros fogueados y experimentados, fraguados en el combate y acostumbrados a derramar sangre en la batalla sin perder la cabeza. A ellos se unian los peones y servidores que estaban igualmente capacitados para dar caña. Por otro se unian las troaps de los concejos, los voluntarios y los fanáticos que si, tenían voluntad pero no tenían ni idea de lo que se les venía encima. Así y viendo los estrategas que eso era un handicap, habían dispuesto a los de la segunda clase mezclados con la primera, para homogenizar la cosa y que no se vinieran abajo una vez que vieran los alfanjes enemigos en primera persona y a dos centímetros de su cara.
Por su lado los almohades presentaban tambien tres cuerpos de combate. Menos homogeneos que los castellanos habían dispuesto al frente y en el centro un nucleo de tropas ligeras de carácter profesional. El segundo cuerpo era el de la carne de cañón. Multitud de voluntarios de todo tipo y formación procedentes de todas las partes del dilatado imperio almohade. Fanáticos de todo tipo y calaña con más disposición que preparación. En retaguardia los moros habían situado las tropas puramente almohades, las últimas a sacrificar en la escabechina que se avecinaba. Tras éstas, en lo alto del cerro de los Olivares en cuya ladera se formaba el tercer cuerpo, se había situado al emblemática, carácterística y propia tienda de color rojo chillón de Al-Nasir.
Vamos, que se veía la tienda a kilómetros de distancia. Se había situado en una suerte de fortificación que la rodeaba a base de una empalizada de troncos clavados y unidos y reforzados por cadenas. Esa fortificación, que sería propiamente las alambradas que hemos visto por ejemplo en las películas de la segunda guerra mundial en mitad del campo de batalla estaba defendida por una nutrida guardia de voluntarios armados con picas, arcos y hondas. Éstos guardianes eran los más fanáticos y esperanzados, por lo que se ve, en alcanzar a las huríes del paraiso pues se hayaban enterrados hasta las rodillas para que no pudieran huir ni aún cuando lo quisieran y atados por fuertes cadenas a los muslos. Al-Nasir por su parte, el rubiales, estaba en plan chachi, sentado a la puerta de su tienda, sobre su escudo, que no con él en predisposición de combatir,con el Corán, leyendo al pederasta del profeta e implorando la protección de Alá, que cómo veremos tenía poca cobertura aquel día de batalla decisiva.
Mas gente que la guerra.
No se sabe a ciencia cierta cuanta peña puso el huevo en aquella escabechina que supondría el quebranto y el dolor para los árabes en lo que restaba de Reconquista. Hoy en día y quitándonos de las exageradas cifras que unas y otras crónicas dan por buenas, se sabe que aproximadamente, por el lado árabe fueron entre cien y ciento concuenta mil los guerreros en liza. Los cristianos estarían en torno a la mitad, entre sesenta y ochenta mil hombres. Si nos ponemos a hacer cábalas y admitimos que las cifras menores son las correctas en el choque, habienda cuenta de la zona y de las corcunstancias, debemos de admitir que la batalla fue de las más grandes, bestiales y sangrientas de la historia de nuestra Edad Media.
Haciendo caso de los estudios, lo que los cristianos perdían a nivel de cantidad lo ganaban a nivel de calidad. A nivel defensivo, los cristianos estaban equipados, tan trillados cómo estaban en las guerras intestinas cómo contra elementos externos, con escudos, cotas de malla, yelmos de metal o cuero y muchísima mala leche. En cuanto a armameto ofensivo pues ya sabemos que tenian elementos disuasorios despiadadamente afilados cómo lanzas, espadas, hacha y cuchillos. Pesados y machaconaes martillos y mazas. Alabardas, arcos y hondas. Los almohades en su cuerda iban bastante peor preparados a la guerra, apenas con el escudo. Los peones que llevaban los moros equipaban lanzas y espadas. Algunos portaban azagallas y eran temibles en el aspecto arrojadizo, con profusión de hondas, armamento barato y con munición piedreril a cascoporro y arcos, muchísimos, con flechas y venablos para parar un tren. A bote pronto y según estimaciones del arzobispo de Narbona con dos mil acémilas no se podría haber transportado la cantidad de flechas que los árabes habían abandonado al huir, más las que habían arrojado en el transcurso de la batalla.
En cuanto a las tácticas de combate empleados por ambos bandos eran totalmente distintas pero a su vez eficaces en lo que tocaba al cien por cien. Alfonso VIII ya había tenido ocasion de lamerse las heridas en Alarcos. Había estudiado a fondo la batalla, la táctica de los árabes y, a través de los ultramontanos, las contramedidas para pararles los pies en sus cargas traidas desde las razzias de Siria y Palestina. Mientras los cristianos imponían un bloque compacto y bestial de compacta formanión basado en la caballería pesada, los árabes oponían tropas ligeras, someramente equipadas, ágiles y muy compenetradas capaces de salir pitando para todos lados desconcertando al enemigo para luego agruparse para golpear rápidamente y con contundencia los puntos débiles, retaguardia y flancos en una maniobra envolvente al que la pesada caballería era incapaz de superar. Eso ya lo había mamado Alfonso que, prudentemente había metido a las tropas no porfesionales en medio, mezcladas, apra evitar que pasara lo que diecinueve años antes en la meseta de Alarcos. Que esos mamones se dispersaran a las primeras de cambio en cuanto vieran un poco de movimiento. Además reforzó los flancos con fuerzas profesionales.
Se combatía no cómo castellanos, sino cómo cruzados. El intercambio de experiencias con los ultramontanos había hecho que se incorporaran las tácticas de Siria. Todo porque a los cristianos en Doriela les habían pulido el lomo a palos cuando se encontraron con los turcos en mil noventa y siete. Las tropas musulmanas, más agíles y móviles habían dado por saco a los cruzados. Un estratega cristiano llamado Bohemundo ideó la manera de contrarrestar ese empuje, mediante el refuerzo de los flancos con elementos naturales, apretar el culo y la formación para que las lineas no se desperdigaran y sobre todo no poner toda la carne en el asador. Puesto que los árabes atacaban a una, lo mejor era cansarlos con el cebo de la primera formación y tener una fuerza de reserva para dar por saco al enemigo en el momento necesario. Por ello Alfonso VIII se quedó en retaguardia. Había que aguantar y penetrar en la batalla en el momento ideal. De ello dependía que no se repitiera lo de Alarcos.
Musulmanes en la batalla.
Los almohades por su parte no estaban tampoco mal equipados. Cada cábila y tribu del imperio aprestaba hombres a la Yihad. Habían estado en comunidad unos con otros durante año y medio, se conocian y tenían un fin común. Por otro lado el plan de batalla era simple y efectivo, totalmente penetrante y letal. Para entremés, sus tropas ligera se meterian en faena cansando al enemigo y desorganizando a sus tropas para ponerlos en jaque. A tal fin Al-Nasir apostaría al frente lo peor de lo peor, los fanáticos voluntarios que adorarian hasta una piedra si les dices que Alá vive dentro, los bereberes camelleros, los almohades y andalusies con la cabeza más para allá que para acá tras ver la carnicería en que se convertía toda Guerra Santa y que con ella veíanun camino certero para arribar al Paraiso. Para plato fuerte, cuando los cristianos estuvieran perdiendo sus energía haciendo carne picada de toda esa porquería los hábiles arqueros de Al-Nasir se emplearían en oscurecer el sol con cientos de miles de flechas que harían su efecto sobre los infieles. Para postre los almohadesde pura cepa entrarian a cuchillo y terminarian la faena. En el hipotético caso de que sobraran suficientes cruzados para pasar las lineas de defensa y acercarse al cerro donde Al-Nasir se empollaba el corán, las defensas del palenque y los fanáticos de turno bastarían para detener la acometida.
Estos fanáticos eran caso a parte dentro del evento en que nos encontramos. No eran cómo reescribirian los vencedores esclavos negros encadenados unos a otros a los que se les exigía combatir hasta la muerte. Puesto que defendían a su Miramamolin debían de tener cierta formación y sobre todo algo de aguante y fidelidad a la causa. Seguramente se trataba de fanáticos voluntarios, los llamados desposados (imesebelen), que se ligaban, a parte de por las cadenas, por juramentos que los obligaban, nobleza obliga, a defender hasta la muerte el Islam, cómo hoy los muiaidines, que se defenestran a fuerza de bombas. En aquella ocasión se hacían enterrar y atar para morir si preciso fuera en la defensa del rubiales. Cómo curiosidad, esos desposados son una de la institución más longeva por cuanto en la misma guerra de Argelia los franceses se las vieron y se las desearon para cargarse unos cuantos de éstos, a bayonetazos y en el año mil ochocientos cincuenta y cuatro.
En cuanto al contingente de arqueros en liza, de la tribu Agzaz, se dice que combatieron unos diez mil, lo que supondría un diez por ciento de las tropas en disposición, lo cual nos da idea de lo importante que éste tipo de tropas eran en el ejército de Al-nasir. Venían de Egipto y equipaban el ejército almohade hacía veinticinco años, cuando el padre del Miramamolin, el que le había dado caña a Alfonso en Alarcos los había incorporado a sus tropas. Eran letales y por ello se les pagaba estupendamente, basando su eficacia por los arcos especialmente potentes que usaban y su táctica de combate. Los mismos eran expertos jinetes y te podían dar más de un quebradero a galope tendido. Habrian sido un quebradero de cabeza bestial para los cruzados de Palestina. No obstante los cristianos habrían tomado las medidas oportunas en base a las experiencias del medio oriente y eso haría que finalmente la batalla se decantara en favor de Alfonso y los suyos.
Si deseas comunicarte conmigo, agregar algo a éste artículo, exponer tu opinión en privado o sugerirme temas sobre los que hablar no dudes en ponerte en contacto conmigo a través de churre_s_peinado@hotmail.com. Gracias.
jueves, 27 de octubre de 2011
Historia. La Batalla de las Navas de Tolosa. (1)
Haciendo un poco de memoria y en consecuencia con mi artículo anterior, deseo dar a conocer un hecho que precipitaría la caida de los moros en España dos siglos después. Fue tan sumamente grande la Batalla de las Navas de Tolosa que se dice que, escarbando en los terrenos en los que se sabe que tuvo lugar la contienda, se pueden extraer, aún hoy trozos de hierro con el que orlaron y armaron los ejércitos en contienda a sus tropas. El combate, donde por fin los cristianos le forrarian el lomo al Miramamolín y penetrarían, por vez primera desde que Yusuf nos pusiera mirando a Pamplona en setecientos once, en Andalucia tuvo lugar en el verano, tórrido, de mil doscientos doce. La cosa no obstante venía de más atrás, de cuando los moros descubrieron el cainismo español y empezaron a guantearse entre ellos dando lugar a los reinos de Taifas. Los del norte, cristianos y no mucho mejor avenidos que los árabes vieron que la ocasión la pintaban calva y se liaron la manta a la cabeza para extender sus territorios más al sur del Tajo. En un par de batallas, dando caña y sin compasión, Toledo cayó en manos de los cristianos y los reyezuelos árabes más débiles se convertirían en vasallos de la cristiandad previo pago del impuesto revolucionario de la época.
Erase una vez una confederación de estados bereberes que se llamaban Almorávides. Eran unas malas bestias que habian forjado, a sangre y fuego un poderoso imperio al sur de Al-Andalus. Dicho imperio en el que gobernaban Sharia en mano y sin que nadie les rechistaria comprendía el norte de África en un territorio que hoy sería Marruecos, Mauritania (de donde vendría la palabra moro), parte de Argelía y la cuenca del Río Senegal. Gentes forjadas en el desierto que no tenían más conocimientos que los de la guerra y a los que los mismos árabes de la península les tenían un miedo que te cagas. Dar el paso era arriesgarse a que los Almorávides se quedaran conlas vegas, las huertas, las ciudades y las haciendas, pero al fin y al cabo los cristianos exigian tantísimo tributo que el rey Motamid de Sevilla determinó en dar el paso a llamarlos pues prefería ser camellero en el desierto a ser porquero en Castilla.
Los Almorávides no se andaban con chiquitas. Le dieron la del pulpo a los crisitanos en Sagrajas mientras corría el año mil ochenta y seís, después se dedicaron a lo que venían, dar por finiquitado el mundo independiente taifal y unificar al-Andalus bajo su mandato para hacer unpoquito más grande su imperio. Aquellos que venían de sufrir los rigores del desierto, de combatir con todo lo que se moviera por encima de las dunas descubrieron el paraíso a éste lado del Estrecho. Vamos, que se echaron a perder en cuanto que descubrieron el refinamiento y la buena vida al final perdieron fuerza cómo combatientes. Se corrumpieron de tal modo que al mil ciento cuarenta ya estaban lo mismo que antes de llegar, metidos en un maremagnum de taifas viéndolas venir. Los cristianos que mientras no habían guerreado con los del sur lo habían hecho entre sí seguian con el impetu intacto y con muchísimas ganas de cobrarse lo de Sagrajas.
Con ustedes, los Almohades.
Los almorávides, que se habían echado a lo alto y viendo que se podía vivir mejor en un jardín que limpiándose el trasero con una piedra en mitad de la nada fueron decayendo en favor de los Almohades. Éstos eran unos amiguetes cuyas cábilas se fueron federando hasta tener un pedazo de movimiento bélico regentado por dos asambleas de jeques. Tras darles por detrás a los Almorávides se quedaron mirando al norte y babeando por los territorios en Hispania. Su gran Califa adoptó el nombre de Miramamolín (Amir ul-Muslimin) o Príncipe de los Creyentes y se dispusieron a hacer loque habían venido a hacer, quedarse.
Castilla observaba con atención la nueva situación que por similar a la anterior con los Almorávides no dejaba de ser vieja. Alfonso VII de Castilla determinó que tenía que hace rloq ue fuera para que las Taifas no se le volvieran a subir a las barbas y cortar de raiz el avance de los nuevos señores del terruño del sur. Echádole redaños y metiendo tropa pudo asegurar los pasos entre el sur de la Bética y la Meseta. Echándole un poco más, hasta el punto que ni él se lo creía en mil ciento cuarenta y siete pudo ver el mar desde Almería. Tanto invirtió Castilla que al final el peso de la guerra se cernió sobre los hombros del Rey que entregó el alma a Dios cociéndose en su armadura un día que hacía calor de narices. En el puerto de la Fresneda y en pleno agosto. Vuelta y vuelta y listo para servir. Después pasó lo mismo que pasa cuando ell rebaño pierde al pastor.
El ejército cristiano reculó de inmediato y los almohades cruzaron Sierra Morena dejándole claro al nuevo monarca, el octavo Alfonso, que habían venido para quedarse. El muro de contención de Alarcos cayó en mil ciento noventa y cinco y después ya no habría nada que los contuviera hasta Toledo. Pasaron a cuchillo a todo lo que se les opuso cómo los defensores de la plaza fuerte de Calatrava. El Tajo cómo frontera natural era lo único que se interponía entre una Castilla indefensa y un ejército sediento de sangre procedente de un desierto más cruel aún. Sólo la política y el desaforado esfuerzo militar de ambos contendientes obligaron a las partes al pactar en mil ciento noventa y siete. Los almohades tenían problemas domésticos más acuciantes y pactaron diez años de tregua con unos reinos cristianos que, francamente, no les suponían ninguna amenaza.
Los castellanos, por su parte, tampoco estaban demasiado bien. León presionaba por el oeste y Navarra navegaba por sus fueros. Alfonso se cameló a los leoneses y una vez que pudoo quitarles elojo de encima se tiró al cuello de Sancho el Fuerte, rey de Navarra, forzándole a firmar la paz y estarse quietecito de una puñetera vez.
Pasada la tregua Alfonso sólo pensaba en cómo encajarsela a los moros. Lo de Alarcos pesaba como una losa y tal humillación debía lavarse con sangre. Los almohades se habían apaciguado bastante pero en mil doscientos nueve, viendo al castellano avanzar hacía Jaén, se movilizaron para la guerra, más rápido y con más efectivos de los deseables para Castilla. Los freires de Calatrava hacían lo propio cayendo sobre Andújar. La guerra se cocinaba a fuego lento e imparable. En el norte no obstante había más problemas que los de movilizar tropas. Alfonso sólo contaba con el apoyo de Aragón, los leoneses andaban revueltos y Sancho de Navarra andurriaba lamiéndose las heridas a la espera de cobrarse la afrenta que le había infringido Castilla. la opción era clara. No podía llevar tropas a darse de ostias con los moros mientras tuviera a gente así dispuesta a ponerle la retaguardia cómo la bandera de japón.
Cómo la cosa no terminaba de cuadrar, Alfonso hechó mano de lo único que todos respetaban por igual. Y es que con la Iglesia hemos topado. Mandó Correo urgente a Inocencio III, a la sazón Sumo Pontifice, para ver si podían tomarse aquello cómo una Cruzada, cómo la de Jerusalem, pero a lo español. Así obligaría a sus enemigos crisitianetes a dejar la guerra para otra ocasión no fuera que cayeran víctimas de la excomunión. El Papa que andaba con ganas de gresca dió su bendición al degüello de moro y la nueva Cruzada se predicó por toda Europa (hoy Eurabia) para mayo de mil doscientos doce. Se ganaba el perdón de todos los pecados y se condenaba a la excomunión a todos los relapsos que se entendieran con los moros. Eso sí, nada de darse puñaladas traperas por la espalda mientras durara la dura empresa de machacar mahometanos.
Al sur del sur los almohades no le iban a la zaga a los cristianos, apresurándose a menear el cotarro militar. Al-Nasir, hijo del vencedor de Alarcos y una esclava cristiana llamada Zahar se metió en su yate a paletadas con rumbo certero al norte, a al-Andalus. Montaba un ejército del copón que movilizaba desde Marrakech contando en el momento de iniciar la empresa con treinta años. Corría febrero de dos mil once. Dicen los cronistas que era alto, tenía la piel tan blanca que más parecía untado con crema solar factor dos mil, tenía un barbón rubio y los ojos azules, herencia de su madre. Era valeroso, cauto y más agarrado que un catalán. El muchacho era tartaja y en una se sus paridas mentales había jurado sobre el Corán que llevaría el Islam hasta Róma abrevando sus caballos en el Tíber. Hasta el infinito y más allá. Sus correos iban de aquí para allá para recabar esfuerzo en pro de la Yihad, versión medieval. Sus tropas mientras tanto habían sobrepasado Rabat acercándose a Alcazarquivir, en el centro del Atlas. Cómo los labriegos eran perretes y preferian guerrear a doblarla con el azadón se iban sumando al ejército que adquiría, por días, dimensiones preocupantes. Tantas que ponía en serio aprieto el abastecimiento del mismo, cosa a la que su Miramamolin respondía con presteza pegando voces y decapitando a los incompetentes funcionarios que no se aprestaban a lo necesario para mantener el espíritu militar y darles de comer. Hizo falta una pedazo de flota, pero se logró. En mayo las tropas habían cruzado el Estrecho y aposentado sus reales en Tarifa donde los pelotas reales se aprestaban a hacerle la rosca al defensor de la Fé.
Aunque así dicho parezca que todo iba muy rápido, los dos ejércitos tardarían más de un año en enfrentarse. Mientras, para no perder la costumbre y hacer boca, por parte árabe, Al-Nasir puso asedio a Salvatierra. Los cristianos que la defendian sabían que pintaban bastos, así que se empearon en la defensa hasta que no fue posible hacerlo por más tiempo. Dos meses estuvieron en esa tesitura hasta que el Califa fue, vió, degolló y se volvió a Sevilla para, pasado ese mero trámite, seguir preparando su ejército. Por parte cristiana, Alfonso, cual jubilado en Benidorm se dió un paseo por levante saqueando lo que pillaba.
Cayendo Salvatierra y al poco de tan funesto acontecimiento el infante de Castilla, Fernando, se fue para el otro barrio siendo muy joven. Esó dejo tocaete a Alfonso que, viendo perdido a su hijo intentó aplacar su pena machacando a sus enemigos islámicos. Al tiempo se intesificaban las embajadas con los reinos cristianos refrescándoles la memoria sobre que aquello era una Cruzada y había que llevarse bien hasta que estuviera acabada. Tiempo habría de seguir dándose por la espalda.
Cruzados, yes we can.
Con la llegada de la primavera, las flores y los pajarillos, los caminos hacia Toledo, cual nueva Roma, se llenaron de gentes que acudían presurosas a la Cruzada. Los más pobres, cómo siempre, a pie, los nobles de Centroeuropa a caballo seguidos de sus mesnadas y sirvientes. Cómo solía ser normal en aquella época, los ejércitos eran un compedio de lo más granado de la época. A las tropas regulares, los nobles enfervorizados, los clérigos que acudían a arengar o dar la extremaunciçon se unian muchedumbres fanatizadas compuestas por los pirados de turno que les iban a comer los hígados a los infieles, las mujeres de los contendientes, prostitutas, jovenzuelos, mercaderes y gente de toda ralea y condición, muchos inútiles para la empresa que sin embargo se embarcaban en la misma bien porque no tenían otra cosa mejor que hacer, bien para ver si pillaban cacho de algún modo.
De tal modo, el primero en pasar la Puerta del Sol fue el rey Pedro II de Aragón, el amiguete de Alfonso, que acudía con tres mil caballeros con el normal, pesado y lento acompañamiento de mesnadas, compuestas de escuderos, peones y demás. Los reyes de León y Navarra por su parte, ni estaban ni se les esperaba. Del primero sólo se esperaba que moviera ficha previo pago y devolución de algunas plazas, castillos y ciudades que consideraba suyo. El segundo sólo se temía que se moviera despues de la tregua para seguir dando por el trasero. De fuera de la Península se dejaba caer el arzobispo de Narbona que capitaneaba una mesnada compuesta de caballeros principalmente franceses, con complemento de italianos, lombardos y algún que otro teutón.
Moro va, moro viene.
Al tiempo, los engranajes de la pesada maquinaria militar almohadese puso lentamente en marcha. Lo hizo por el Guadalquivir, avanzando por los pasos que ya usaran los romanos para irse adentrando en los desfiladeros de Despeñaperros. Al-Nasir, de cauto que era tenía espías hasta en la Curia. Sabía en todo momento que se cocinaba en las dependencias de Alfonso VIII y sabía que le podían dar para el pelo. Al contrario que su padre, que se enfrentó abiertamente a los castellanos en Alarcos el optó por tomarse las cosas con calma y adoptar una posición defensiva. Así, tranqulamente esperaría que el cansado, por la forzada marcha ejército cristiano callera en la trampa de tener que moverse en unas estrecheces para las que la pesada caballería no estaba concebida. Del mismo modo habría apostado sus tropas en las zonas más estratégicas y les habría dado el descanso que los castellanos no tendrían.
Por Toledo la cosa se desmadraba por momentos. Los europeos no dejaban de marear la perdiz y provocar molestias y quebraderos de cabeza. El de Narbona que se los conocía los había metido entre las huertas, lo más lejos del nucleo urbano, porque ponerlos al lado de una taberna era llamar a Satanás. Pero esos caballeros que venían de Europa, que no estaban demasiado habituados a tratar con otra cultura que no fuera la suya y que estaban ávidos de sangre y de saqueo no tuvieron mejor idea que arrasar la juderia, lo que dejó claro a Alfonso que había que empezar a moverse con la mayor prontitud posible.
El veinte de junio, con un calor de justicia, el ejército cristiano comenzó su lenta progresión hacía el sur mientras los moradores de Toledo respiraban aliviados de quitarse el marrón de encima. A la vanguardia iban los untramontanos vascuences guiados por el señor de Vizcaya López de haro. Cuatro días despues avistaron Malagón, una avanzada andalusi que fue asediada y tomada a sangre y fuego. Se da la circunstancia de que en el último momento se había producido la rendición de los defensores a cambio de que los cristianos respetaran su vida. Eso era común en los tira y afloja militares de la península y así se hizo. Lo único que los de por encima de los Pirineos venían con el chip cambiado y seguian con la mentalidad cruzada de oriente. Pasaron a cuchillo hasta el último habitante de la fortaleza. Acamparon y empezaron a darse los primeros problemas de abastecimiento a la espera del arribo, el día veinticuatro del resto de las tropas castellano-aragonesas. En los días siguientes, sorteando vados del Guadiana y los abrojos (artefactos metálicos de cuatro púas que los árabes habían echado en el agua para inutilizar caballerías y peones) se presentaron ante Calatrava.
Calatrava o cómo una fortaleza es un peñazo para todo el mundo.
Sobre un peñón y a base de piedra y argamasa sin control se erigía la fortaleza de Calatrava. Un paso forzoso para tomar Castilla si se venía de Andalucía o a la inversa. Ya en mil ciento cincuenta y ocho los templarios que la defendian habían puesto píes en polvorosa ante el empuje almohade, cediendo el testigo a un grupito de caballeros y monjes cirtescienses que tomarían en adelante el nombre de Caballeros Calatravos, en honor a su plaza. Tal orden sería de tipo similar a la templaria pero menos renombrada y aún menos recursos, por lo que no estarían tan de moda en el mundo mundial de la época. El Papa les daría carta de Constitución en mil ciento sesenta y cuatro y los almohades la conquistarían, pasando preceptivamente por la piedra a sus habitantes al poco de fregar la olla Alfonso VII.
Pero estamos en mil doscientos doce. El ejército cruzado anda rodeando la fortaleza y sus jefes, afixiados de calor se tiran tres días dándole vueltas al asunto de machacar ese problema que no pueden dejar atrás. La plaza está más defendida que la Reserva Federal y abastecida a tutiplén. Además su caudillo es un conocido del ejército castellano. Abu Qadis, un experto en la guerra fronteriza, que, de quedar atrás se va a cargar la retaguardia cruzada en un decir amén. El castillo debía caer y el día treinta de junio, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo acometieron la empresa consiguiendo llegar a la parte más accesible. Se pidió parlamento por parte de los defensores y Alfonso les dió cuartel conteniendo a los ultrapirenaícos que se quejaron abiertamente de que el rey castellano les privaba de su juego de cabecera, destripar árabes. Los moros se retiraron llevándose lo que pudieron y los cruzaron mandaron al guano a Alfonso y su Cruzada, dejándole con el culo al aire a un tiro de flecha del ejército almohade. Perdían así dos tercios del grueso de la fuerza que eran en su mayoría veteranos y soldados profesionales y de fortuna. Además quedó el regusto de que al regreso no saquearon Toledo, que estaba desguarnecida, pero si se dedicaron a la destrucción y saqueo sistemático de todas y cada una de las juderías que encontraron en el camino de regreso.
Hicieron noche en Calatrava donde pudieron reponerse gracias al gran avituallamiento reservado en ella. Los tontos de los ultrapirenaícos se habían ido con el estómago vacio por no esperarse un poco más. Allí, en contra de todo pronóstico se dejó caer Sancho el Fuerte. El rey de Navarra aconteció con doscientos caballeros presto a ponerse a disposición de la Cruzada. Dejaba así los rencores para tiempos más calmosos y se aprestaba a comerse a los moros.
Dos días despues la expedición arribaba a Alarcos. Lugar donde Alfonso dejara años antes el orgullo y miles de muertos. Diecisiete años antes, con el castillo a medio hacer, sin más gloria que la de haber salvado el cuello en extremis, las tropas almohades habían machacado con relativa facilidad al gureso de su fuerza. Esas ruinas eran su modus vivendi, su objetivo en la vida y la fuente de su venganza. La vergüenza vivida en aquellos momentos en que los árabes pisoteaban la hombría castellana mientras él, con su séquito ponían tierra de por medio había alimentado todos sus actos cómo un fantasme perenne que le persiguiera en todo momento y lugar. A su lado el otro responsable de la derrota, por no calcular bien, López de Haro, alimentaba los mismos sentimientos que su señor. Claró está que la cosa se iba poniendo chunguita. No era lo mismo acometer con todo lo que traian desde Toledo que lo que les quedaba despues que los extranjeros les dijeran "adión muy buenas" en Calatrava. la cosa se ponía cuesta arriba y a lo mejor, lo de Alarcos, se quedaba enano al lado de lo que tuviera que venir.
Si deseas comunicarte conmigo, agregar algo a éste artículo, exponer tu opinión en privado o sugerirme temas sobre los que hablar no dudes en ponerte en contacto conmigo a través de churre_s_peinado@hotmail.com. Gracias.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




