lunes, 16 de julio de 2012

Historia. La batalla de Otumba.

Reseñába yo hace unos meses cómo Cortés tuvo que salir cagando leches de Tenochtitlán en la famosa y nunca superada Noche Triste. Aquella noche, inusualmente lluviosa por partida doble, pues lo mismo caían chuzos de punta que flechas de los mexicas, sólo un puñado de españoles a lomos de sus caballos consiguieron escapar de la Laguna. Corria la noche del treinta de junio y al nuevo emperador mexica Cuitláhuac, que le venía de perlas que Cortés hubiera finiquitado a Moctezuma, no le terminaba de cuadrar que los conquistadores pudieran llegar a refugiarse en el territorio de sus aliados los tlaxcaltecas. Sin escatimar en medios, el recíen ascendido emperador azteca decidió tirar la casa por la ventana y armar a todo lo que se pudiera defender con un espadón en la mano. Movilizó así a todos los mexicas que pudo y echó manos de tepanecas, xochimilcos y en fin, de todo ser humano varón de pueblos alrededor de Tenochtitlán, ya fueran amigos o esclavos. La ocasión pintaba mal, Cortés lo sabía y los suyo también.



Capeando el Temporal.


Cortés y los suyos, a pesar de ir cagando leches, fueron alcanzados por el contingente Azteca en los llanos de Otumba, Otompan, en lengua local. Corría el día siete de julio y bajo un calor de justicia que los españoles acusaban bajo sus jubones y corazas, vieron cortado su avance tras varías jornadas de escaramuzas de los mexicas, cuajadas de emboscada en la práctica totalidad de poblaciones por las que debieron de cruzar. Los mexicas eran unos tipos simpáticos que llevaban a gala cumplir con las más altas tradiciones castrenses de la Mesoamérica, ésto era sacrificar, de la manera más cruel posible, a los prisioneros. Cómo tenían dos opciones plausibles, morir o dejarse matar, los poco más de cinco centenas de supervivientes con una gran cantidad de heridos, armados con poca pólvora, sin artíllería, con algunos mastines y algo menos de una centena de aliados tlaxcaltecas que, cómo los españoles, veían la cosa muy cuesta arriba, tomaron la difícil, aunque lógica decisión de no dejarse matar y vender, lo más cara posible, la piel.


El tema estaba francamente fastidiado. Cortés sabía que apenas contaban con arcabuces y lo más que podían enfrentar era el armamento de mano. Espadas y puñales contra un enemigo muy cabreado, mejor equipado y en superioridad. Por ello Cuitlahuac y su hermano Matlatzincátzin, que tardaba menos en batirse que en escribir su nombre, rodeó con sus hombres a la tropa española. Ostentaba el cargo de Cihuacóatl y no tardó en probar la bravura de los europeos que se defendieron a ballestazos y arcabuzazos durante horas y de la manera más encarnizada. La verdad, según escribiría Alvar Núñez Cabeza de Vaca es que la poca reserva de ballestas y pólvora se malgastaría en vano, pues los indios iban ligerísimos y moviéndose de aquí para allá y a ras de suelo, Sólo podían usarlas con cierta efectividad en atolladeros o rios y no siempre se daban tales circunstancias. El hecho tácito es que la masacre estaba anunciada y que poco a poco se acercaba el fin inevitable en el que Cortés decidió jugársela al todo por el todo.


La carga de la Caballería Ligera.


Los españoles, fogueados en luchas por Europa, estaban batiéndose el cobre con un enemigo ágil que sin embargo presentaba un mortifero frente. Cortés estaba preocupado. Con el calor y el paso de las horas los castellanos comenzaban a flaquear y no era cosa de dejar que les batieran el cobre hasta hacerlo cisco. Según Cabeza de Vaca, los indios temían por encima de todo a los caballos. Los nobles cuadrúpedos, tan mansos y tranquilos eran sin embargo unos monstruos para los aztecas. Por ello Córtes decidió probar a utilizar los excasos equinos que le quedaban en una acción tan temeraria cómo eficaz. Sólo cinco jinetes, Sandoval, Olid, Alvarado, Juan de Salamanca y Alonso de Ávila, cargaron sobre el Cihuacóalt, notable de la batalla de más alta dignidad y que, siendo el más alto estaba adornado por los guerreros aztecas con la significación de ser el jefe supremo del Ejército ostentando la dignidad de tepuchtlato o portaestandarte, el equivalente en nuestro ejército de la época a alférez.


Los caballeros cargaron de tan guisa, cinco locos sobre sus cabalgaduras con un enemigo que les superaba con creces al grito español de "Santiago". Los aztecas, que no parecían esperarse aquello, tendrían primero un acceso de incredulidad y a posteriori los hechos se precipitaron. Los aztecas, en una extraña similitud con el Miramamolín que Alfonso VII venciera trescientos años antes en las Navas de Tolosa, esperaban sobre un cerro acontecimientos, vestidos con sus mejores galas. El mandamás, más emplumado que los demás, dirigía las tropas y veía la progresión de las mismas desde unas andas sobre los hombros de los principales caballeros. Éstos eran elegidos entre los más fuertes, pues tenían la misión proncipal de alzar el estandarte cada vez que el anterior cayera. La razón principal era la organización del ejército azteca, el cual seguía sólo al pabellón alzado, interpretando que la batalla se iba perdiendo si caía y dispersándose en consecuencia las tropas. Cortés se abalanzó sobre el tepuchtlato y lo tumbó al suelo siendo rematado por Juan de Salamanca. Caida la insgnia llamada tlahuizmatlaxopilli la dispersión de tropas fue casi instantánea.


La Victoria de Otumba.


Cortés lograría una victoria decisiba a través de la cual afianzaba el poderío español en la mesoamérica, pudiendo retirarse a Tlaxcala en paz para recomponer las filas de su mermado ejército en espera de refuerzos desde la Península y a través de los pueblos aliados y enemigos de los Aztecas. En cierto modo, la victoria no fue tan complicada, ya que entre los Aztecas primaba el hacer prisioneros para los sacrificios antes que matar al enemigo. Por ello, se podría decir que su religíon perdió al pueblo Azteca, ya que en la lucha se comportaban cómo perdonavidas, intentando doblegar al enemigo pero no matarlo, cosa que los españoles hacían sin complicaciones. Máxime cuando, tumbado el portaguión el ejercito, numerosísimo según las crónicas de Tenochtitlan desapareció cómo por ensalmo al interpretar en dicha caida una señal de retirada. Aún intentaría unos días despues de la masacre de Otumba el emperador Cuitláhuac negociar la paz con Tlaxcala a cambio de la entrega de Cortés y sus excasos hombres. Ya era tarde, los conquistadores habían descubierto el punto débil de su enemigo y conquistar Tenochtitlán sería, más que nunca, cuestión de Tiempo.
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