domingo, 3 de febrero de 2013

Improductividad manifiesta.

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Foto de Internet. Sanseacabó...
Por esencia el español es eminentemente pícaro. De ahí la famosa picaresca que asoló el solar patrio durante el Siglo de Oro. De oro para las artes y las letras porque, para todo lo demás, fue el comienzo del fin. El español es, por tanto, un ser envilecido en el arte del trapicheo. No es raro que abundaran los pícaros de monipodio en la Sevilla del mejor barroco andaluz cómo no es raro que entre la politicastria actual naden, cómo leones marinos en un banco de merluzas, nuestros inestimables politicastros. Inestimables porque, en mitad de la peor crisis que recuerda el hombre se dedican a pedir que todos arrimemos el hombro para sujetar la pared del estado mientras ellos, de manera subrepticia y a traición, se dedican a darle porretazos desde el otro lado. Dicho de otro modo, nos suben los impuestos y recortan nuestros derechos sociales mientras alegremente se embolsan el dinero público mientras todo arde a su alrededor y Nerón toca el arpa.

Del español, la pereza.

Todos sómos muy trabajadores cuando la piedra nos hace la puñeta dentro del zapato. Apretamos el culo para que el pene de la desidia y el paro no nos lo taladre de manera vil y hartera cuando vemos que estamos maniatados de pies y manos bajo la espada de Damocles del desempleo al que nos envían los empresarios al cortar el mínimo tendón que la sujeta del techo. Esa evidencia que es tan clara parece no sernos de aplicación más que a la hora de quejarnos pues todos los que han vivido por encima de sus posibilidades, muchos en realidad, ahora son los corderitos que vienen a reclamar el oro y el moro exhibiendo cómo prueba un inexistente estado del bienestar que nunca a existido más allá de la destrucción desmesurada del país por las inmobiliarias y los obscenos desembolsos que arribaban a los ayuntamientos en forma de licencias de obra, tanganas, sobornos, enchufes y prédicas más que obscenas en forma de arteras relaciones con los politicastros de turno. 

Ya parecen lejanos los tiempos en que un paleta, sin más estudios que el de llevar calderos de mezcla para que el albañil no cesara de tirar la plomada a fin de que el tabique que fabricaba con más arena que cemento saliera relativamente recto, iba a trabajar con un Audi adquirido justamente el día después de haber conseguido su primer empleo. Eran los días de vino y rosas, de sueldos desmesurados, de pagar horas extra a precio de oro, de gastar, gastar y gastar. No se pensaba que la gallina de los huevos de oro, los bancos que te daban el crédito a precio cero, fueran a cerrar un día el grifo. No pensábamos que eso de hacerse rico de un año para otro, de tu buen coche, casa y vacaciones, ropa y joyas sin más estudios que los precisos para saber firmar la nómina y aún ni eso, fueran a llegar un día a su fin. No pensábamos que tras esa larga y placentera subida había un abismo atroz por el que aún hoy, cinco años después, seguimos cayendo.

De la pereza la embriaguez.

Y todo porque en éste país solemos estar bastante más dado a lo fácil que al empleo del esfuerzo para conseguir nuestros fines. No me malinterpreten pues muchos, en efecto, realizan un esfuerzo enorme para lograr unos pobres resultados y eso es tan evidente cómo que en la parte sur del sufrido terruño patrio los campesinos se desgañitan, se rompen la espalda trabajando por unos pobres cultivos que no son capaces de modernizar, rentabilizar ni por su puesto vender de cara a su comercialización. Hay pueblos enteros que, puestos a no calentarse la cabeza mucho más allá de lo preciso, prefieren hacer acampadas delante de las subdelegaciones del gobierno de turno para pedir que se les rebajen las peonadas para cobrar el subsidio del Campo en lugar de pedir abierta y enconada mente planes de educación y profesionalización para todos aquellos que estén en el paro. Cosa que presuntamente hacían los sindicalistos y que por lo visto se les ha olvidado.

Vistas así las cosas, el tiempo de cobrar sin trabajar va llegando a su fín. El hecho tácito es que la falta de espíritu, la ausencia de motivación para reciclarse en algo que no sea echar unos cuantos jornalillos y vivir el resto del año de cobrar el paro y trabajar en negro, nos lleva irremediablemente al fin. Durante toda la Historia el pueblo fuerte ha devorado al pueblo débil. En éste caso los débiles sómos los de éste país que ya no hay por donde cojerlo. Entre los idiotas que reclaman la independencia, los estúpidos que arrojan huevos podridos por la corrupción que sin duda tendrán efecto boomeran y los inútiles que son incapaces de sentarse un momento, dejar de darse cabezazos contra la pared de la indolencia y recapacitar un poco, andamos por un desfiladero peligroso en que cualquier depredador económico puede hacernos mucho más daño del que, de hecho, ya nos ha hecho cómo ha quedado demostrado. 

Game Over.

El juego toca a su fín. Primero fue la pérdida del orgullo nacional en aquel lejano mil ochocientos noventa y ocho, apenas dos años antes de acabar de siglo el orgullo hispánico se hundía ante la pérdida de las últimas posesiones de últramas. Luego vino la vorágine de los nazimbécilismos con la ruptura vasca y catalana seguida de la sinrazón de los últimos años de Alfonso XIII con la Guerra de Marruecos y la posterior y nefasta República donde los grandes enemigos de España, sucialismo, comunismo y anarquismo consiguieron mucho más perdiendo la guerra civil que ganándola. Tras la Dictadura, que a muchos ahora se les antoja divina, vino la Transición donde las tres miserias anteriormente aludidas comenzaron a medrar llenándoseles la boca de democracia y manchándose la mano de sangre de españoles hasta llegar al día de hoy. Corrupción, desestructuración territorial, negación de la Patria y destrucción de la Economía para muchos años. Ha tocado la séptima trompeta y ni tan siquiera nos hemos dado cuenta.

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